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Red Bay, el pueblo con pasado vasco que emerge de la niebla en Canadá (El País-en)

2026/09/12

Entre una atmósfera densa, icebergs y mares indómitos, la región de Labrador conserva cinco siglos de memoria marítima que empezó cuando cientos de hombres y niños navegaban desde Euskadi hacia esta zona para cazar ballenas francas y boreales

Lotura: El País

Gonzalo Loza. Este es uno de los destinos para los que conviene hacer un ejercicio previo y tomar verdadera conciencia de dónde se encuentra. Su ubicación, en el extremo oriental de Canadá más próximo a Europa, no llama la atención sobre el mapa. Sin embargo, la puerta más rápida y práctica para acceder a este remoto lugar es, paradójicamente, la isla de Terranova. Pero esa entrada no se abre todos los días. Apenas tres vuelos semanales conectan la capital provincial con la región de Labrador, siempre que la meteorología conceda una tregua. Hay semanas en las que solo despega uno. Además del billete o el pasaporte, también conviene llevar el carné de conducir. El destino final está a otros 80 kilómetros del lugar donde aterrizaremos, el modesto aeropuerto de Lourdes-de-Blanc-Sablon, que sirve como enlace vital para el vecindario disperso del golfo de San Lorenzo y el este de Labrador.

El pueblo de Red Bay surge de repente al coronar una loma, tras una larga e interminable carretera que se pierde en el horizonte. Su entorno está moldeado por el hielo y el océano, con colinas suavizadas por la erosión glaciar, acantilados cortados por el mar y playas pedregosas repletas de conchas marinas. El puerto natural de esta localidad de 140 habitantes está considerado como uno de los más protegidos de todo el estrecho de Belle Isle. Saddle Island y otros islotes funcionan como un dique natural que amortigua la fuerza del Atlántico, creando una bahía aparentemente tranquila.

El paisaje, sin embargo, es austero. La vegetación de la zona suficiente tiene con sobrevivir. Los líquenes, musgos y pequeños coníferos resisten a la nieve y a los fríos vientos. En el interior del territorio, el bosque boreal aparece como una masa más densa, donde destaca la picea negra, el árbol más extendido de la región y símbolo insertado en la bandera provincial de Terranova y Labrador. Las temperaturas mínimas pueden alcanzar los diez grados bajo cero en invierno fácilmente; en verano, las máximas rondan los 15 grados.

La niebla, protagonista

Nada más llegar, no es de extrañar que la niebla dé la bienvenida. Es la protagonista del pueblo y forma parte del paisaje y del carácter labradoreño. En primavera y verano, el choque térmico entre las corrientes frías del Ártico y las aguas más templadas del río San Lorenzo, provenientes de los grandes lagos del continente, genera una atmósfera densa que envuelve toda la costa y las primeras millas marítimas. Las distancias se convierten en incalculables en el monótono terreno pantanoso.

Ese escenario explica otra de las señas de identidad de la región: los icebergs. Procedentes de Groenlandia, descienden lentamente hacia el sur formando la conocida Iceberg Alley, uno de los corredores naturales de hielo más espectaculares del planeta, a una velocidad media de 0,7 kilómetros por hora. Esta gélida presencia marca el ritmo de la vida marina del lugar, con complicaciones para los buques y barcos pesqueros de la zona, especialmente la primera mitad del año.

Lo sabe bien el padre de la redbayeña Sheena Fowler. Fue pescador en la zona durante décadas y resultó decisivo para que esta joven de Red Bay decidiera volver a la costa después de trabajar en una mina. “Crecí pescando junto a mi padre y sigo pasando mucho tiempo en el agua. Lo que ha cambiado es la actividad que realizamos. Ya no salimos únicamente con las redes, ahora llevamos visitantes a observar icebergs, ballenas y los paisajes de Labrador”, explica desde su barco, el Perfect Timing I, amarrado en uno de los pequeños embarcaderos.

Este cambio de actividad, “que no de identidad”, se mantiene en la base del pequeño pueblo. El mar sigue siendo su principal sustento, pero, en el caso de Fowler, va más allá: “Es una experiencia maravillosa porque me permite conocer a personas de todo el mundo y compartir con ellas nuestra historia, nuestras tradiciones y nuestra forma de vida”. “Cuando llega el otoño y tengo que dejar esto por falta de turistas, me cuesta cada vez más. Preferiría seguir aquí, en Red Bay, dedicada al turismo”, añade.

La huella vasca

Precisamente, fueron los vascos quienes llevaron a ese punto del mundo toda la actividad marina. Entre la década de 1540 y comienzos del siglo XVII, cientos de hombres y niños navegaban desde Euskadi hacia esta zona para cazar ballenas francas y boreales. Su grasa se transformaba en aceite, uno de los productos más valiosos de la época, utilizado para iluminar hasta el 80% de las ciudades de toda Europa.

Los restos de estas colonias que nunca llegaron a ser permanentes aún persisten en la zona. Es fácil encontrar los hornos techados con tejas que traían desde sus tierras a orillas del mar Cantábrico y que dieron el nombre a Red Bay (bahía roja). “Supongo que los vascos compartían esas mismas cualidades y eran personas fuertes, acostumbradas a enfrentarse a un entorno exigente. Si consiguieron venir hasta aquí y permanecer durante tanto tiempo, es porque tenían algo en común con quienes seguimos viviendo en Labrador”, comenta Fowler, que fuera de la temporada trabaja como operadora de maquinaria pesada, principalmente retirando nieve de las carreteras de la zona.

La importante huella vasca convirtió a Red Bay en patrimonio mundial de la Unesco en 2013. Buena parte está recogida en el Museo Histórico Nacional, ubicado en el centro del pueblo. Loretta Decker es la directora de la instalación, que es el principal atractivo para turistas. “Es un proyecto muy emocionante para mí”, dice, y señala un gran mural de Pasaia (Gipuzkoa). La conexión trasciende el hermanamiento de ambos municipios, realizado en 2017. Allí es donde la factoría marítima de Albaola reconstruye el mismo barco hundido en la costa del pueblo, la nao San Juan, para poder replicar a bordo la travesía desde España hasta Canadá.

“En primavera terminamos las obras del museo, aunque todavía queda trabajo por acometer”, admite Decker. Tanto en la propia muestra, presidida por una de las txalupas vascas, como en algunas casetas de Saddle Island. Todavía están trayendo algunos objetos, como grandes ollas o hamacas de la época, para su exposición. “Incluso estamos trabajando en diseños de ropa en base a los trajes antiguos encontrados aquí. Ya hemos logrado el de un mercader del siglo XVI”, añade la directora.

Todo este trabajo hubiera sido impensable sin la participación de Parks Canadá, la agencia federal encargada de proteger y gestionar el patrimonio natural y cultural del país. Wanita Jones lleva ocho años trabajando para esta organización, después de estar otros 12 años como alcaldesa de Red Bay. “Los niños crecen rodeados de este legado. Desde pequeños juegan en la costa, encuentran fragmentos de las antiguas tejas rojas traídas por los vascos y escuchan historias sobre lo que ocurrió aquí hace 500 años. Es una memoria que intentamos transmitir de generación en generación. Pero me gustaría que esa historia fuera conocida mucho más allá de nuestra comunidad”, explica.

Carnes de foca y alce

El corazón de la vida social de Red Bay está en el único restaurante de la localidad, The Whaler’s Station, que sirve también como hostal y tienda de recuerdos. Nada más entrar, un olor a langosta impregna todo el ambiente. Ya habían advertido que era su plato estrella en una pizarra colgada en la entrada. La forma más típica de comer este crustáceo aquí es con unas gotas de limón, para resaltar su sabor natural, aunque también es muy popular su formato en sopa o, incluso, en un bollo de pan. Otros alimentos muy exóticos para el turista son la carne de foca, oscura y magra —con un sabor similar al del hígado— o carnes de caza como las de alce o caribú. Entre los platos elaborados destaca un estofado con carne y verduras conocido como Jigg’s Dinner.

“Aquí honramos todo tipo de ingredientes, sobre todo, los que vienen del mar”, destaca la chef Ange Dumaresque, nacida en Forteau, el pueblo contiguo. “Entendemos la gastronomía de la misma manera que vosotros, como si fuera un modo de vida y de conectarnos con nuestras raíces”, explica, en referencia a la tradición culinaria originaria indígena, que se vio influenciada por la anglosajona. “Y no solo pasa esto con la cocina”. Dumaresque asegura que esa influencia también puede percibirse en el urbanismo de San Juan de Terranova, donde trabaja como jefa de cocina de dos restaurantes. La influencia de los colonos británicos e irlandeses sigue muy presente en el carácter de su casco urbano, en su arquitectura y en una identidad local marcada por una intensa vida cultural, que recibe a todo aquel abierto a cruzar la cortina de niebla que envuelve esta esquina del Atlántico.



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