Durante más de un siglo, junto a la Alameda de Valencia, se levantó un edificio que llegó a ser uno de los grandes templos de la pelota vasca en la ciudad. El Frontón Jai-Alai, también conocido como Gran Frontón Valenciano Jai-Alai o simplemente el Alameda, abrió sus puertas en 1893 y durante décadas fue mucho más que un recinto deportivo.
Allí se disputaron partidas de cesta-punta y pelota a mano, se enfrentaron pelotaris vascos y valencianos y se celebraron espectáculos y actos públicos. Incluso llegó a dar nombre a la calle a la que se accedía al recinto. Con el paso del tiempo perdió protagonismo, sobrevivió reconvertido en gimnasio y, finalmente, en octubre de 2005 comenzó su derribo para dejar paso a un nuevo edificio residencial.
Hoy ya no queda el frontón, pero su historia permite recuperar uno de los grandes espacios deportivos y sociales que tuvo la Valencia de finales del siglo XIX y buena parte del XX. ¿Quieres conocer más sobre este desaparecido lugar? Te contamos a continuación su historia.
Un gran frontón junto a la Alameda:
El Jai-Alai nació en un momento en el que Valencia comenzaba a incorporar nuevas formas de ocio y de práctica deportiva. La pelota valenciana llevaba siglos formando parte de la vida cotidiana de la ciudad, pero durante las últimas décadas del siglo XIX también comenzó a extenderse la afición por modalidades procedentes del País Vasco.
Para acogerlas se levantó el Gran Frontón Valenciano Jai-Alai, promovido por Felipe Mampel y José Rodríguez y proyectado por el arquitecto Antonio Ferrer Gómez. El recinto se encontraba entonces en una zona que todavía podía considerarse periférica, junto a la Alameda, en la actual calle Pintor Peiró.
Jai alai significa «fiesta alegre» en euskera (de jai, fiesta, y alai, alegre). Para que lo entendáis, jai alai es una de las modalidades más conocidas de la pelota vasca, también llamada cesta punta.
El frontón fue inaugurado el 11 de marzo de 1893 (el espacio estaba ubicado sobre el triángulo del Paseo de la Alameda con las calles Pintor Peiró y Don Armando Palacio Valdes). La primera partida enfrentó a Saturnino Echeverria, conocido como Muchacho, y Pedro Echeverria, Tandilero, contra Juan José Gorostegui, Irún, y Cosme. Fue una partida a 50 tantos y dejó una curiosa anécdota: los pelotaris llegaron a detener el encuentro para comer y beber cerveza antes de continuar jugando. El nuevo recinto nacía, por tanto, con vocación de convertirse en uno de los grandes escenarios de la pelota en Valencia.
Un edificio pensado para miles de espectadores
El Jai-Alai no era un pequeño trinquete. El frontón podía acoger a varios miles de espectadores, y algunas fuentes sitúan su capacidad en torno a las 6.500 personas. Se trataba de un gran recinto concebido para acoger a una cantidad considerable de público y dotado de una arquitectura acorde con esa función.
Su estructura incorporaba graderíos y elementos de fundición que permitían organizar las localidades y, al mismo tiempo, mantener una buena visibilidad de la cancha. Los pilares metálicos, decorados con capiteles de inspiración clásica, constituían uno de los elementos más característicos del interior.
El edificio destacaba también por su fachada, en la que convivían elementos decorativos de inspiración renacentista y neogriega. Su apariencia reflejaba una época en la que los nuevos espacios deportivos comenzaban a convertirse también en lugares de representación social.
Pelota vasca frente a la tradición valenciana
El Jai-Alai llegó a Valencia cuando la ciudad ya contaba con una importante tradición de pelota. Su principal rival no era otro gran frontón vasco, sino los espacios donde se practicaba la pilota valenciana, especialmente el Trinquet de Pelayo, inaugurado en 1868, y el trinquete de Juan de Mena, abierto en 1877.
Durante décadas convivieron dos tradiciones relacionadas pero diferentes: por un lado, la pelota valenciana de calles y trinquetes; por otro, las modalidades de pelota vasca practicadas en los grandes frontones.
El Jai-Alai se convirtió así en uno de los principales escenarios valencianos de la cesta-punta, aunque su programación nunca quedó limitada a una única modalidad. Se organizaron partidas de cesta-punta, encuentros de pelota a mano y desafíos entre pelotaris vascos y valencianos. De hecho, poco después de su inauguración, un año después, ya se celebró un curioso enfrentamiento mixto entre jugadores de ambas procedencias, tal y como atestigua el documento de época que hemos rescatado en la Biblioteca Digital Valenciana y que podéis ver a continuación.
Un frontón que era mucho más que deporte
Una de las características más llamativas del Jai-Alai fue precisamente la variedad de actividades que llegó a acoger. Las fuentes históricas describen un recinto en el que, además de las partidas de pelota, tuvieron lugar demostraciones de esgrima, comidas, mítines políticos y representaciones de ópera. Su enorme capacidad lo convirtió también en un lugar especialmente atractivo para los actos políticos multitudinarios.
Los frontones y trinquetes valencianos funcionaron en aquellos años como espacios de reunión colectiva, y el Jai-Alai, por su gran aforo, fue uno de los preferidos para los mítines. Hay documentación gráfica de actos políticos celebrados en su interior durante las primeras décadas del siglo XX.
El frontón formaba así parte de la vida pública de Valencia: era lugar de deporte, espectáculo, ocio y reunión.
Una calle que tomó su nombre
La importancia del recinto llegó incluso al callejero. La vía de acceso al frontón pasó a ser conocida como calle Jai-Alai, en referencia al propio edificio. Era una pequeña callejuela o travesía situada en las inmediaciones de la Alameda.
El nombre se mantuvo hasta 1932, cuando la vía pasó a denominarse calle del Pintor Peiró, en homenaje al pintor valenciano Juan Peyró Gurrea. Es un ejemplo curioso de cómo determinados edificios deportivos llegaron a dejar su huella en la propia geografía urbana de Valencia.
El Jai-Alai durante la Guerra Civil española:
La historia del frontón tampoco quedó al margen de la Guerra Civil. Una investigación sobre los pelotaris valencianos represaliados y exiliados recoge la historia de Isidro Muñoz Sesé, conocido como El Perolero de Pedralba, que comenzó a jugar en el Jai-Alai de Valencia desde muy joven.
Según este estudio, la última partida de El Perolero como profesional tuvo lugar precisamente en el Jai-Alai, frente al pelotari navarro Goiburu, jugador del Valencia F. C. El encuentro habría sido además la primera partida disputada en aquel recinto con iluminación artificial.
La partida, sin embargo, no pudo terminar. Según la investigación, comenzaron a sonar las sirenas de alarma por un bombardeo de la aviación fascista italiana y el encuentro tuvo que ser suspendido.
Poco después, la vida deportiva de El Perolero quedó truncada por la guerra. Se incorporó al Ejército republicano, alcanzó el rango de teniente y llegó a disputar incluso una partida benéfica destinada a las milicias republicanas. Terminada la guerra, tuvo que exiliarse.
Esta es una pequeña historia que permite entender hasta qué punto el Jai-Alai no fue únicamente un edificio: también fue escenario de las vidas de quienes hicieron de la pelota su profesión.
Del esplendor al declive
Como ocurrió con otros grandes frontones, la popularidad del Jai-Alai fue disminuyendo con el paso de las décadas. La evolución de las costumbres deportivas, la aparición y consolidación de nuevas disciplinas y la transformación urbana de Valencia hicieron que el recinto fuera perdiendo protagonismo.
Después de la Guerra Civil entró en una etapa de menor actividad. Sin embargo, el Jai-Alai no desapareció inmediatamente. Durante la década de 1970 experimentó una recuperación de su actividad deportiva. Se creó incluso una Escuela Valenciana de Cesta Punta y volvieron a celebrarse partidas de frontenis, pelota a mano, pala y cesta-punta. Aquella recuperación sería, sin embargo, efímera.
Del frontón al gimnasio
Con el paso de los años, el histórico recinto terminó reconvertido en un gimnasio. La transformación resultaba paradójica: el antiguo templo de la pelota vasca seguía ocupando el mismo espacio, pero la actividad que le había dado fama había desaparecido prácticamente.
En sus últimos años de vida, el Ayuntamiento de Valencia todavía incluía el establecimiento entre las instalaciones deportivas disponibles en la ciudad. Pero el destino del edificio ya estaba decidido.
El 11 de octubre de 2005, Levante-EMV titulaba «Adiós al antiguo frontón Jai Alai» para anunciar que habían comenzado los trabajos de derribo. El establecimiento deportivo privado había cerrado y en su lugar estaba previsto levantar un nuevo inmueble residencial.
La noticia describía el Jai-Alai como un referente deportivo y cultural de la ciudad durante un siglo y recordaba cómo, después de perder su función original, había conseguido sobrevivir reconvertido en gimnasio. La última etapa de su historia había comenzado.
El derribo de 2005 y los tres pilares que sobrevivieron
Así terminó la historia del gran Jai-Alai valenciano. En octubre de 2005 las máquinas comenzaron a desmontar el edificio que había sobrevivido durante más de un siglo junto a la Alameda.
La falta de rentabilidad y la transformación urbanística de la zona terminaron imponiéndose. El frontón que había acogido a miles de espectadores, pelotaris, políticos y aficionados desapareció para dejar paso a un nuevo edificio residencial.
Pero no todo se perdió. Una de las historias más curiosas relacionadas con la desaparición del Jai-Alai es la de algunos de sus elementos arquitectónicos. Tres de los antiguos pilares de fundición del frontón fueron recuperados y trasladados a Biar, donde el empresario Juan Izquierdo Alcaide los incorporó a su establecimiento dedicado a antigüedades y objetos diversos.
Los pilares, que habían formado parte de la estructura del histórico frontón valenciano, se convirtieron así en unos inesperados supervivientes de un edificio que ya no existe. Es quizá la mejor forma para resumir la historia del Jai-Alai: un edificio desaparecido, pero cuya memoria permanece escondida en algunos de sus propios elementos.
La historia del Jai-Alai sigue presente en documentos, algunas fotografías (pocas, por desgracia, casi todas ellas de actos o mítines), en la historia del callejero y, de manera especialmente simbólica, en aquellos pilares que viajaron desde Valencia hasta Bia para recordar que hubo un tiempo en que, junto a la Alameda, miles de personas acudían a escuchar el golpe de la pelota contra las paredes de uno de los grandes frontones de la Valencia de finales del siglo XIX y primera mitad del siglo XX.
Lagun bati bidali
Komentarioa gehitu


