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Atahualpa Yupanqui: el canto con fundamento

23/05/2005

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Hoy hace 13 años fallecía en Francia el inolvidable y siempre presente cantautor argentino Atahualpa Yupanqui. Descendiente de vascos por parte de madre, Yupanqui --o don Ata, como otros gustaban de llamarle-- visitó la tierra vasca de sus antepasados y se reconocía también heredero de esa parte de su historia. El profesor y experto músico rafaelino Sergio Grazioli escribe estas lineas en recuerdo del cantante en el diario La Opinión de Rafaela, Argentina.
Por Sergio Grazioli

El 23 de Mayo de 1992 moría en Nimes, Francia, el más grande compositor del cancionero popular y folklórico argentino, el maestro Atahualpa Yupanqui.

Héctor Roberto Chavero, su verdadero nombre, nació en el partido de Pergamino el 31 de enero de 1908 y en él se entremezclan los Chavero del Loreto santiagueño con los Aran (origen vasco de su madre) y con sangre de 300 años de América.

"Eso lo llevo en la sangre desde mi tatarabuelo. Gente de pata en el suelo fueron mis antepasaos, criollos de cuatro provincias y con indios misturaos..." Su niñez estuvo fuertemente moldeada en la tradición familiar y rodeada por los peones, paisanos y gauchos que cruzaban la pampa. Don Ata recuerda que "al atardecer las guitarras de la pampa comenzaban su antigua brujería, tejiendo una red de emociones y recuerdos con asuntos inolvidables. Eran estilos de serenos compases, de un claro y nostálgico discurso, en el que cabían todas las palabras que inspirara la llanura infinita, su trebolar, su monte, el solitario ombú, el galope de los potros, las cosas del amor ausente" El niño se sintió ganado por la magia de la guitarra: "ese instrumento se hizo presente en mi vida desde los primeros años. Con la guitarra alcanzaba el sueño. Con una vidala o una cifra me entretenían mi padre y mis tíos".

Pero en sus inicios musicales, estudiaba violín con el padre Rozáenz hasta que su maestro lo descubrió tocando una vidalita. Luego comenzará su relación eterna con la guitarra: para ello cabalgaba 14 kilómetros desde Roca hasta Junín para tomar clases con el maestro Bautista Almirón.

Cuando tenía 10 años su padre (era trabajador ferroviario) se traslada con toda la familia hacia Tucumán, "el reino de las zambas más lindas de la tierra. Allí las guitarras tucumanas, incansables, pausadas, endulzaban la tarde. Allí nadie cantaba frivolidades. El destino del canto era serio, porque estaba ligado al destino del hombre." Después de la muerte de su padre, tuvo que trabajar para costearse los estudios en un corralón de forraje y carbón, en canteras, fue arriero ("...y animando la tropa por esos cerros, el arriero va, el arriero va..."), empleado en una escribanía, corrector de pruebas en un diario.

Pero en 1927 alguien lo anima para ir a Buenos Aires: allí trabajará en una panadería, aprovechará el tiempo libre para leer sobre etnografía e historia en la Biblioteca Nacional. Hacia 1930 y sin éxito, decide regresar a Tucumán: recorre todo el Norte argentino, compenetrándose con la vida del hombre de esa zona, cantando, componiendo. Cuatro años más tarde decide probar otra vez en Buenos Aires y esta vez el destino será otro: tendrá éxito en Radio Fénix, Radio Municipal y logrará trascender ampliamente en Radio El Mundo: su destino de compositor, cantor y guitarrista queda sellado en forma definitiva.

En 1943 actúa en Uruguay y en 1948 realiza su primer viaje a Europa: canta nada menos que en París en el mismo espectáculo de la gran Edith Piaf; al año siguiente brinda más de 60 conciertos en Europa y en 1950 obtiene el "Gran Premio de la Academia Charles Gros", otorgado al "mejor disco folklórico del año". En 1964 da 50 recitales en Japón; nuevamente en 1969 recibe el Gran Premio de la Academia Charles Gros, el premio "Ondas" en España, en 1973 el "Testimonio del ciudadano" en México, en 1979 la Condecoración del Presidente de Venezuela por su trabajo en favor de la cultura latinoamericana durante cincuenta años y en 1980 el Premio de la Canción Folklórica en San Remo, Italia.

Y el escenario Mayor del Folklore de Cosquín que llevará por siempre su nombre.

Yupanqui fue un hombre comprometido con su tiempo y con su gente, un hombre apasionado por expresar cosas significadoras, un cultor primario del decirnos siempre una palabra llena de contenido. Sus más de 1200 obras no son más que la traducción del paisaje de la tierra, los sufrimientos del hombre explotado y la esperanza de un porvenir diferente y venturoso para todos: por eso su canto y su poesía deben ser la estrella que guíe nuestra rebeldía hacia un futuro donde reinen la verdad, la paz y la justicia.

(publicado el 23-05-2005 en La Opinión, de Rafaela, Argentina)


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