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Coincidiendo con la Feria de Durango, Euskalkultura.com publica los trabajos del certamen ‘Gernika por la Paz’ (II)

06/12/2007

Silvia Iglesias (a la derecha) con el diploma junto a María Julia Ercoreca (foto EuskalKultura.com)
Silvia Iglesias (a la derecha) con el diploma junto a María Julia Ercoreca (foto EuskalKultura.com)

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Tras publicar ayer 'Crepital las llamas en la tarde', de Fabio Echarri, y coincidiendo con la 42 edición de la Feria del Libro y Disco Vasco de Durango --en la que EuskalKultura.com dispone un año más de su propio stand-- continuamos hoy publicando los trabajos vencedores en el certamen literario 'Gernika por la Paz', organizado en Argentina por las euskal etxeas 'Zazpirak Bat' de Rosario, 'Kotoiaren Lurra' del Chaco, 'Urrundik' de Paraná, 'Euskal Etxea' de San Nicolás, y 'Gure Etxea' de Santa Fe. En esta segunda entrega publicamos hoy el segundo premio, que corresponde en este caso al relato que lleva por título 'Acerca de la resistencia de los cuerpos', obra de Silvia Noemí Iglesias, de Puerto Madryn (Chubut), en la Patagonia.
Silvia Iglesias supo del concurso por medio de Izaskun Goikoetxea, quien desde Donostia le comunicó sobre la posibilidad de presentarse al certamen y con quien está profundamente agradecida. “Lo curioso, --explica Iglesias--, es cómo conocí a Izaskun. Hace pocos años, decidimos buscar a los parientes vascos de Josefa Azcune Azpeitía, la madre de mi abuela Manuela Mandagaray, que hoy tiene 94 años. A través de Internet solicité la partida de nacimiento de Josefa y quien me la envió a los siete días exactos fue Izaskun. Ella trabaja en el archivo de San Sebastián y gracias a sus buenos oficios y a la investigación que realizó, pudimos establecer contacto con nuestros parientes”.

La historia de Josefa Azcune Azpeitía es tan única y tan especial como la de todos aquellos que dejaron su tierra para iniciar una nueva vida en un nuevo continente. “La mamá de Manuela, Josefa Azcune Azpeitía, vino a la Argentina en el año 1904”, relata la ganadora del segundo premio de ‘Gernika por la Paz’. “En Gipuzkoa quedaron su madre, su padre y sus hermanos. Al poco tiempo de llegar, se casó con Domingo Mandagaray y en 1914 Josefa y Domingo decidieron viajar a Astigarraga, al pueblo de ella, a ver a su familia, especialmente a su madre. Durante un largo tiempo prepararon el equipaje en grandes baúles en los que llevaban también regalos. Cuando se aprestaban a partir, se declaró la guerra del 14 y ya no pudieron viajar. Al poco tiempo, Josefa se enteró, por carta, de la muerte de su mamá y cuando ella murió, a los 58 años, el contacto entre las familias se perdió”.

Silvia: 'Sentí que mi bisabuela hablaba a través de mí'

“Es por este motivo”, concluye la escritora, “que el viajar a Rosario a recibir el premio del certamen fue tan especial para mí. Una vez mi bisabuela, Josefa, tuvo que marcharse de su país a buscarse un futuro, y ahora su bisnieta tuvo la posibilidad de llevar una historia a su pueblo, incluso a su presidente. Sentí que ella hablaba a través de mí, en aquel escenario, frente a su comunidad vasca”.

Silvia Iglesias distribuye su tiempo entre la docencia, --es Profesora en Letras--, la escritura literaria y el periodismo, además de participar en la organización de eventos culturales. Entre otras distinciones, “Cuerpos Perfectos”, su primer libro de poesías, la hizo merecedora del Primer Premio del Encuentro Nacional de Escritores Patagónicos 2005.


ACERCA DE LA RESISTENCIA DE LOS CUERPOS

Por Silvia Noemí Iglesias

Ladislada se llevó el cabello hacia atrás. Las otras mujeres se hacían un rodete. Ella también, la mayoría de las veces; aunque le gustaba llevar el pelo suelto: era casi una desconocida bajo la melena gris.

El sol no había salido. Igual tomó el sombrero de paja y caminó hasta el sembradío. Llevaba, como siempre, la azada colgando de su cintura. Restaba separar la tierra y echar la semilla a vivir. No a morir como el cuerpo de Toño, que quién sabe adónde lo habrían sembrado. Cuando la tierra se abrió, Ladislada hubiera cambiado la simiente por el hijo.

Unos conocidos del pueblo vecino habían venido a buscarlo en la noche.

- ¿Vamos? – le habían dicho

- Sí, dijo Toño, esperen que busco el abrigo.

- No te va a hacer falta – le dijeron.

Después aparecieron sus zapatillas manchadas de sangre, a la salida del pueblo.

Juanito, el otro hijo, estaba en la cárcel hacía dos años. Habría que ver si la familia de su esposa podría sacarlo, como decían. Nino, el tercero, con 14 años y disfrazado de cura, había escapado en un barco a la Argentina. El esposo bertsolari se escondía en la montaña y algunas noches bajaba hasta la casa. Le quedaba Leoncio, el hijo de Toño. Quiso quedarse con ella cuando la madre volvió con su familia.

Ya era el mediodía, llevaba el pelo atado en un rodete y el sombrero puesto. Tenía sed. Con la misma naturalidad con que el agua caía en el vaso y tomaba su forma, así debía ella aceptar lo que pasaba. Por qué no dejar que cada muerte se acomode adentro como el agua se acomoda en su curso y que sigan cayendo los otros muertos, los prófugos, ausentes como difuntos, el hambre... Mejor no luchar, mejor entregarse y recibir como un cuenco el chorro de vida sobre ella, que inunde el cuerpo y reine como desea reinar. Lisa e impermeable quedaría, como las piedras del arroyo donde lava la ropa.

Para qué dejar que el estómago se apiñe de dolor. Para qué cerrar la garganta al paso del aire, contraer cada músculo, tensar los nervios hasta crisparlos, cerrarse toda hasta explotar por los aires de pura resistencia.

- Esa sí es una buena forma de morir – se dijo. Partirse en el aire. Miles de pedazos de una, imposibles de reconocer.

Qué hacer sino con un cuerpo muerto.

Y qué hacer con un muerto sin cuerpo. Como Toño.

- Por qué al morir no nos vamos enteros – siguió diciendo en voz alta mientras volvía a la casa.

- El cuerpo nos sobrevive – dijo riendo a carcajadas con los ojos quietos. Adentro la esperaba Leoncio con la cena.

- ¿Vendrán hoy de nuevo? – preguntó el niño.

- Seguro, contestó Ladislada.

Desde hacía unos días, los mismos hombres entraban a la casa, revolvían todo, amenazaban a la abuela y se iban. Le preguntaban por su marido. También querían saber adónde escondía las armas. El silencio los exasperaba. A veces la agarraban del cabello y le pegaban.

Luego de una noche de asalto, Ladislada había llevado a Leoncio al cobertizo, tanteó con sus manos el techo hasta que, bien escondidas entre la paja, aparecieron dos pistolas oxidadas y sin balas.

- Esto es lo que buscan – le había dicho. Las guardó nuevamente, y ninguno de los dos habló más de ellas. Muchos años más tarde, Leoncio volvería de Argentina y las encontraría en el mismo lugar.

Un día vinieron al amanecer, Ladislada apenas llegó a levantarse de la cama. En camisón y con el cabello suelto, la llevaron a la plaza y la hicieron sentar sobre una piedra. Desde ahí apenas veía el Arbol. Una vez que hubo una cantidad suficiente de vecinos y curiosos, le cortaron el pelo. Cuando ya no quedaba nadie alrededor, se levantó sin decir palabra y caminó hasta la casa.

En la mañana siguiente, trabajando en el sembradío, se cayó y se lastimó con la azada que siempre llevaba colgada en cintura. Cuarenta y ocho días estuvo en cama, cuidada por Leoncio. Dos veces vino al cura a darle la extremaunción. Dos veces lo echó.

Somos los Azcune Azpeitía. Vivimos en Guernica. Eso sabía Ladislada desde muy chica. Después sabría que una familia y un lugar era todo lo que necesitaba. Lo sabría cuando cargara con más muertos que vivos, cuando las bombas abrieran el pueblo bajo sus pies.

Ladislada jugaba con los otros chicos de la familia en la plaza, muy cerca del Arbol. Era como deslizarse sobre la mano de Dios. Nada podría pasar. Ella también había heredado ese ingenuo orgullo de clan. Gruesas raíces la sostenían en la tierra, y esa tierra era, además, Guernica. Los chicos hacían una ronda y Ladislada bailaba sobre suelo sagrado.

Había crecido sabiéndose elegida. Siempre encontraba alguna forma de llegar entera a todos lados. Y esa fuerza le vendría también de dios, pensaba Ladislada. Tiempo después sería cuando ella daría golpes con la azada a la tierra, gritándole

- ¿Qué más querés de mí?

No entendía qué debía aprender de lo que estaba pasando. Dios la había bajado de su mano y ella estaba sin raíces y sin tierra, suspendida en el aire, a punto de estallar.

No encontró respuesta a su pregunta. O no entendió el idioma en que la respuesta se presentó. Estaba acostumbrada a buscar razones. Todo era tan fácil: lejos del mal, cerca del bien, gozosa y agradecida de vivir.

Nada de eso servía ahora. ¿Habría coqueteado con el mal? ¿No habría sido lo suficientemente buena y agradecida? ¿Tanto necesitaba aprender?

Aunque veía que la ira de dios no se había descargado sólo sobre su rostro, llegó a pensar que algo en ella podía ser el origen de todo.


Cuando escuchó los primeros aviones y las primeras bombas, había salido al camino. Quizás ésta sea una buena forma de morir, volvió a decirse. Se quedó un rato, por ahí tenía suerte y estallaba en miles de partes por el aire, al fin. No dejaría cuerpo marcado. No habría entonces quien velara sus huesos ni heredara la memoria de su dolor. Nadie que llore ningún cadáver. Simplemente desaparecer. Nunca haber existido. Sería la única forma de volver, algún día.

Oyó primero el estruendo y luego vio los pedazos de la casa del vecino saltar y desarmarse en el cielo de la tarde. También vio al animal y su dueño iniciar un vuelo breve como si el aire los quisiera reclamar primero para luego soltarlos sobre la tierra. Los cuerpos - heridos y mutilados – cayeron enteros.

Alguien se acercó a socorrerlos mientras ella regresaba a la casa. Cuando abrió la puerta se encontró con los ojos de Leoncio.

- ¿Y la cena? – preguntó la abuela.

- Ya la preparo - dijo el niño.

Se dejó caer en la silla. Respiró hondo, se soltó el cabello y abrió el cuerpo para recibir lo que había visto, lo que estaría por venir, como un pozo recibe el agua. Nunca lo pensó, lo supo. Ella sería el árbol que bebe sin preguntas. Empezaría a soltar cada músculo duro de resistencia. Las gotas lavarían el lecho y aprendería a contener ese río que en su curso traía pedazos de casas, muertos, animales, y se llevaba la tierra. Se volvería impermeable, resistiría ahora la marca del agua.

Se refugió en el sótano de la casa y ahí quedó largo rato, como una botella más, contra la pared. Leoncio dormía en su regazo. Habría más bombardeos. Y los hubo. Oyó el estruendo de las detonaciones, de las casas rompiéndose, de los animales acabando de respirar, de las gentes muriendo. Los gritos de hombres, de mujeres, de chicos, eran iguales.




Comentarios

  • Respuesta a Alejandra Camperi Mandagaray

    Hola Alejandra! aunque parezca increíble, recién veo el mail que enviaste hace tanto tiempo, espero noticias tuyas, te mando un abrazo, Gracias!

    Silvia (puerto madryn), 14/07/2015 02:27

  • Flia Mandagaray

    Que emocion!!! saber de la flia Mandagaray soy nieta de Antonio Mandagaray y Victoria Sierra seremos parientes?? Gracias! Alejandra

    Camperi Mandagaray Alejandra, 27/03/2009 20:02

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