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Cándida Domínguez, toda una vida de duro trabajo, honrado y anónimo, premiado por el CV Hiru Erreka

21/05/2009

Cándida Domínguez (foto LaVozdelPueblo)
Cándida Domínguez (foto LaVozdelPueblo)

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Tal como referíamos hace pocas fechas, el Centro Vasco Hiru Erreka, de la localidad argentina de Tres Arroyos, celebraba el pasado 9 de mayo la sexta edición de los premios Patrimonio Tresarroyense, que destacan la 'pequeña gran labor' diaria y continuada de personajes anónimos, que a través de su quehacer constante y desinteresado han contribuido al bienestar y el progreso de la comunidad y sus gentes. Una de las premiadas de este año ha sido la tresarroyense Cándida Domínguez, a quien el diario La Voz del Pueblo entrevista en el reportaje que reproducimos a continuación.

Tres Arroyos, Argentina. Durante 50 años, Cándida Domínguez limpió casas y crió hijos ajenos como propios: con dedicación, responsabilidad y mucho cariño. Su tarea fue reconocida por el Centro Vasco, quien la premió por "su aporte solidario". "No sé por qué me premiaron a mí. Será por mi cara bonita...", dice con el buen humor que la acompaña desde siempre.

Cándida estaba mirando televisión --una de sus nuevas grandes pasiones--, en el comedor, de espaldas a la puerta del salón. "Vos decí Cándida y ella se va a dar vuelta, te está esperando", me habían avisado las enfermeras. Y así fue nomás. Al escuchar su nombre giró y sonrió: "El muchacho de La Voz del Pueblo, ¿no?". Y casi sin escuchar la respuesta al saludo, sugirió: "Vamos al desayunador así hablamos tranquilos". Con una energía juvenil, la señora que el 26 de marzo cumplió 79 años, avanzó con su silla de ruedas por los limpios pasillos del geriátrico municipal hasta llegar a una galería techada con grandes ventanales con vista al jardín del edificio.

Agradecida a la vida

Cándida no se intimida por el grabador, sí mira con respeto la cámara, aunque no se queja por las fotos. Y se anima hasta hacer caras para ilustrar la nota. Destila buen humor por los poros. Se nota. "Soy una agradecida a la vida y a Dios por la salud que me da. Porque yo soy evangélica desde hace 54 años. Y creo mucho en Dios", aclara la tresarroyense que desde hace ocho vive en el geriátrico. "Le quiero agradecer mucho también a las chicas y a todos los que trabajan acá, que me tratan con mucho cariño y me dan mucho amor, y al jefe, a José Luis Liébana, que siempre está cuando lo necesito", comenta.

Antes de tener que usar la silla de ruedas por "esa enfermedad que te ataca los huesos", a Cándida no había oportunidad de verla quieta. Ni siquiera cuando fue operada por un cáncer de colon, "a las pocas semanas ya andaba de acá para allá y trabajando".

Lo del cáncer fue hace unos 40 años, mientras que la silla la tiene que usar desde hace casi 20. "Se me quebró la rodilla, así sola, y ya no pude volver a caminar", cuenta sin lamentarse. "Yo no me hago problemas, querido, porque sé que hay cosas peores. Alcanza con mirar la televisión para darse cuenta... Entonces me digo: 'esto no es nada en comparación a lo que le pasa a otros'. Y disfruto mi vida", afirma con una claridad abrumadora.

Trabajando desde los 14

Cándida nació y se crió en el ex barrio Eima, en las cercanías del predio de la Fiesta del Trigo. Era la mayor de tres hermanos (una mujer y un varón) e hija de un empleado de la fábrica Istilart. De aquella familia no vive nadie, pero sí tiene sobrinos, sobrino-nietos y hasta tres sobrinos-bisnietos ("si es que existe el término").

Su educación se redujo a la primaria en la Escuela 14, porque a los 14 años empezó a trabajar, comenzó a hacer lo que haría hasta las piernas la dejaron: limpiar, cuidar chicos, y brindar afecto. "Fui una tonta, quise trabajar y me largué. Debería haber seguido estudiando como hizo mi hermana", dice hoy, a la distancia.

Una vida de laburo

Gracias a la vecina de frente a su casa consiguió trabajo en la casa de la familia Villanueva, en un departamento ubicado en Colón y Lavalle. "Cuando empecé el hijo mayor tenía cuatro años y el menor apenas uno. Los chicos fueron al colegio, estudiaron, se casaron, tuvieron hijos, y yo cuidé hasta los hijos de ellos", cuenta Cándida. De los Villanueva, sólo atesora buenos recuerdos: "No me tenían como una empleada sino como un miembro de la familia".

Las mañanas eran de la familia Villanueva y la tarde de los Barbafina, "Otra gente que aprecio muchísimo porque también arranqué con los chicos pequeños y luego cuidé de los hijos de esos chicos". En la primera casa trabajó 49 años, en la segunda, 35. "La verdad es que fue toda una vida de laburo, porque además, trabajaba mucho por hora. Si te tengo que nombrar en todas las casas que trabajé no terminamos más... Pero dejame que le agradezca a Susana Dibbern, que conmigo también se portó maravillosamente bien", asegura.

Loca de la limpieza

Cándida se reconoce una loca de la limpieza. Por eso recuerda que muchas veces su patronas la retaban: "Pará, dejá eso que está limpio", dice que le reclamaban. Así fue que nunca se tomaba vacaciones, "porque aprovechaba cuando se iba la familia en el verano para limpiar puertas, techos, lavar cortinas... Siempre había algo para hacer". Pero no todo era franela, también disfrutaba cuidando a los chicos, y en muchas oportunidades hasta se los llevaba a pasar el fin de semana a su casa.

Imposibilitada de hacer esfuerzos físicos, desde hace rato que Cándida disfruta de actividades que no le demanden desgaste. Se convirtió en una habitual ganadora en los concursos de tejido y de pintura organizados en el marco de los Torneos Abuelos Bonaerenses. "Acá en el geriátrico tenemos muchas actividades. Los lunes nos enseñan canto y música, los martes a la mañana, dibujo, y a la tarde, artesanía; los jueves, tejido, y también tenemos gimnasia china, que nos ayuda con la respiración", cuenta. Cándida dice que disfruta de la vida ahí, aunque se emociona al recordar que "muchas abuelas han partido, qué va a hacer...". Pero, rápida, sale del momento emotivo con una humorada: "Mi papá vivió hasta los 98 años, así que yo a las chicas que me cuidan les digo que me van a tener que aguantar 20 años más".

Buen humor

El buen humor que dice haber tenido toda la vida, en esta etapa la ayuda para encarar cada día. "Yo juego con las enfermeras, con los otros abuelos, con todos. Me divierto lo más que puedo, porque acá sino uno se puede volver loca porque hay algunos que están bien y otros que no...". También asegura que nunca contesta mal a las chicas que la cuidan, por el contrario "siempre trato de hablar con todas y todos, porque mi padre y la iglesia evangélica me enseñaron a respetar". Cuenta con orgullo que cada tanto recibe llamados y las visitas de varios de los chicos que cuidó. "Para ellos sigo siendo Canita, como me decían hace casi 50 años", dice con la frente alta.

"¿Por qué el Centro Vasco me eligió como 'patrimonio tresarroyense'? Será por la cara bonita...", bromea. Y luego se pone seria: "Creo que me lo entregaron por el trabajo y por la buena conducta que tuve siempre. Porque no sólo es trabajar, sino ser honrado en el trabajo, saber comportarse, tener educación. Por ejemplo, yo jamás les dije una mala palabra a los chicos cuando eran chicos. Pero de grandes sí, eh", aclara y se vuelve a reir.

No hay dudas, Cándida tiene el reconocimiento bien ganado.

Enlaces complementarios

La entrevista original en La Voz del Pueblo.

 



Comentarios

  • Ejemplo

    Mi aplauso por la iniciativa de premiar a sencilla gente honrada de trayectoria ejemplar, que no ha hecho "otra cosa" en la vida más que, hijos e su tiempo, trabajar y ayudar, aportar su hacer y su buen humor a quienes han tenido a su alrededor. Enhorabuena a los premiados, y enhorabuena una vez más al Centro Vasco de Tres Arroyos

    Juanma Otegui, 22/05/2009 12:38

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