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Los vascos e irlandeses en Argentina (from Deia)

01/13/2024

Las diásporas irlandesas y vascas no son muy diferentes en sus procesos migratorios. Sus procesos de asimilación son también similares. Sí hay algunas diferencias, como el marco asociativo y su acción política, doméstica y externa

Link: Deia

María Eufenia Cruset. Lo que comparto a continuación es un resumen muy sintético de mi tesis de doctorado defendida en la Universidad del País Vasco (UPV/EHU) y que está publicada en el libro Nacionalismos y diásporas: los casos vasco e irlandés en Argentina (1862-1922). Desde muy temprano, aún antes de llamarse Argentina y tener una constitución nacional, el país del sur recibió con los brazos abiertos a un enorme número de inmigrantes. Y esto, particularmente, por la necesidad de mano de obra que trabajara en sus enormes extensiones de tierra. Dentro de estas personas que arribaron al Río de la Plata se destacaron dos grupos: los irlandeses y los vascos. Y esto, porque llegaron antes que esa inmigración masiva de fines del siglo XIX, porque se dedicaron al pastoreo y porque, en algunos casos -no infrecuentes- llegaron a prosperar haciendo fortunas.

Para 1850, la isla había pasado por la traumática experiencia de la llamada Gran Hambruna que obligó a millones de irlandeses a emigrar o, literalmente, morir de hambre. Para la misma época, los vascos también comenzaron a dejar su tierra por razones económicas o políticas. Y, aunque para los primeros Argentina no fue su opción preferida, sí lo fue para los segundos. De este modo, el país austral se convirtió con el tiempo en su mayor diáspora en el mundo.

Los celtas pronto se organizaron en asociaciones de socorro mutuo, como el hospital irlandés y el hospicio para niños. Estas organizaciones estaban dirigidas por la Iglesia y un puñado de acomodados inmigrantes que las dirigían de forma verticalista. Pero eran menos numerosos que los vascos y todos se consideraban irlandeses. Los vascos, por el contrario, aunque también fundaron pronto sus asociaciones, estas estaban marcadas por su procedencia: la primera, el Laurak Bat, fue creada en la ciudad de Buenos Aires en 1877 para reunir a los “vascos españoles”; luego el Centro Navarro en 1895 y finalmente el centro Vasco Francés en 1901. Pero a estas diferencias también se sumaron las políticas. De este modo vemos cómo se fundó el Zazpirak Bat en la ciudad de Rosario en 1912 como un centro abiertamente nacionalista.

El tema de la religiosidad era también importante. Los irlandeses tenían su propia asistencia pastoral, organizada y dirigida por el sacerdote dominico Padre Antonio Domingo Fahy y una red de capellanes en las ciudades y en la “campaña”, integrada por los padres Pasionistas y Palotinos. Los vascos, también religiosos pero más numerosos que los irlandeses, no siempre concurrían a iglesias atendidas por sacerdotes vascos. Aunque sí vinieron congregaciones para asistirlos y también lo hicieron párrocos diocesanos.

Sobre esto, un irlandés contemporáneo contaba, sobre un párroco en un pueblo del interior de la provincia de Buenos Aires: “Ya sea que vayas a Monte o Pergamino, Capilla o Chivilcoy (…) encontrarás a sus hijos y nietos [irlandeses] viniendo a misa los domingos, y también encontrarás que son casi las únicas personas que lo hacen, tal como era la costumbre de sus antepasados (…) A un tal párroco, de origen vasco, en un pueblo de campo, un amigo de la Capital Federal le preguntó, no hace mucho, cómo se encontraba con su congregación. Mi único problema con mi congregación (...) es que no me dan ningún problema. Por ejemplo, debido a las fuertes lluvias del viernes y sábado pasado, que impidieron la entrada de los irlandeses, mi congregación estuvo compuesta el domingo por tres ancianas, dos niñas, un perro y un dentista estadounidense. El dentista en ese caso era un irlandés-estadounidense”. 

Es que para los irlandeses lo religioso, “ser católico”, era parte de su identidad y después, con el tiempo, variable de la acción política nacionalista. Contra un imperio colonial protestante, la religiosidad se convertía en resistencia. Para el vasco no era así. Frente a una España católica lo distintivo era otra cosa: el idioma. 

Vida política

Y aquí entramos en la cuestión política. Los inmigrantes de la isla pensaban que no podrían volver a su tierra y esto los hizo integrarse en el nuevo país con premura. Para 1860 ocupaban cargos públicos que iban desde jueces de paz o intendentes (alcaldes) en el interior, a congresistas nacionales. Primero con partido político propio y luego insertándose en la Unión Cívica Radical, partido que tenía como bandera la honradez, la República y los intereses de la clase media inmigrante. 

Los vascos, por el contrario, nunca perdían la esperanza de volver y de hacerlo ricos y exitosos. Por esta razón, si se metieron en política fue más por una vocación personal que por un mandato comunitario. Así es el caso de D. Hipólito Yrigoyen, uno de los fundadores de la UCR, hijo de inmigrante vasco. Llegó a la presidencia en 1916 a partir de la Ley de sufragio secreto y obligatorio. Y, aunque el periódico La Baskonia lo ensalzaba tímidamente por ser vasco, el periódico irlandés The Southern Cross se declaraba abiertamente su partidario y se alegraba genuinamente con su ascenso presidencial. 

El papel de las mujeres también era distinto para ambos colectivos. Las irlandesas no siempre migraban acompañadas por sus familias. Particularmente a fines del siglo XIX o comienzos del XX se encuentra un pequeño número llegando así. Pronto conseguían trabajo como maestras, institutrices en familias acomodadas o secretarias. Eran instruidas y hablaban inglés, dos aptitudes que les permitían salarios razonables. Siempre la educación de la mujer fue importante -la primera escuela comunitaria era femenina- incluso llegando a la universidad: la primera mujer médica en el país es Cecilia Grierson Duffy. Para las vascas no fue tan fácil. Tradicionalmente la vida familiar estaba dividida entre la esfera pública -que era la propia del varón- y la doméstica, que le pertenecía a la mujer y, si realizaban alguna tarea rentada, estas era extensión del trabajo familiar, como cocineras, empleadas domésticas y, en algunos pocos casos, maestras.

Aunque los dos colectivos eran fuertemente endogámicos dentro de los que venían del norte de Europa, esta costumbre era muy fuerte y se reforzaba a través de las o los casamenteros -llamados matchmakers- los cuales solían ser los mismos capellanes. Sin embargo, para las primeras décadas del siglo XX esto va cambiando y comienzan a darse matrimonios con otras personas. Muchas de estas nuevas familias eran formadas por vascos e irlandeses. Aun hoy, cuando he asistido a dar conferencias en Centros Vascos, muchas veces se me acercan para contarme que “mi abuelo vasco le compró un auto a mi abuela -que era irlandesa- para que pudiera ir todos los domingos a misa”. 

Por otro lado, queda el tema de la construcción nacional. Generalmente los estudios migratorios no solían investigar el modo en que los grupos migrantes seguían participando de la vida de sus lugares de origen al estar asentados en otro país, a miles de kilómetros de distancia. Se pensaba que por estar bien integrados se olvidaban y desconectaban. Sin embargo, hoy se sabe que eso no es así. Por motivos afectivos, económicos y hasta políticos, los migrantes se mantenían informados y, muchas veces, actuaban desde la distancia. En ese sentido, la construcción nacional era un punto importante.

De nuevo, los celtas tuvieron muy claro esto, buscando primero autonomía política, un Parlamento propio y finalmente llegando a partir de 1916 a buscar una república independiente. Todo esto fue apoyado de distintas formas desde las diásporas en los distintos países. El envío de dinero, armas y municiones, la propaganda en la prensa o el lobby político eran acciones frecuentes. Los vascos que leían La Baskonia iban siguiendo las luchas de los irlandeses. Y para la primera década del siglo XX, cuando comenzaron a llegar a la Argentina los primeros nacionalistas políticos, el periódico de esta tendencia Irrintzi (fundado en 1903 por Nemesio Olariaga) va no solo a informar, sino a tomar partido por la causa anticolonial. Así dice en relación al Alzamiento de Pascua de 1916 que fue un intento revolucionario que terminó con el fusilamiento sumario de sus líderes, pero que fue el comienzo del fin del dominio colonial británico sobre la isla.

“¡Irlanda! Sufrida y heroica nación ¡Nunca morirá! … llaman a los patriotas y a las aspiraciones de esos nobles y valientes ciudadanos, que saltan al circo de la lucha con el arma al brazo a desafiar a la nación más grande del mundo, locura la bandera que ha desplegado para libertar a su patria sin ninguna probabilidad de éxito, locura el fuego abrasador que arde a los pechos de estos intrépidos campeones de la democracia y de la libertad. (…) decimos, una y cien veces, ¡alabado y bendecido sea el Señor, que aún alimenta el amor de patria hasta el sacrificio de vidas e intereses, loado sea el Señor, que aún infla a los corazones de los hijos del hombre a la conquista de las reivindicaciones patrióticas!” (Irrintzi, 15 de mayo de 1916).

Las diásporas irlandesas y vascas no son muy diferentes en sus procesos migratorios al ser dos movimientos tempranos, no ser numerosos y llegar a Argentina a través de cadenas migratorias. Sus procesos de asimilación son también similares por lo exitoso y por su ascenso social -unido al enriquecimiento al que llegaron ciertos sectores dentro de ellas- debido a la ocupación agraria, primeramente lanar y luego vacuna. Sin embargo, sí hay algunas variables donde se marcan profundas diferencias entre las comunidades de vascos e irlandeses en Argentina, como el marco asociativo y su acción política (doméstica y externa). Sin embargo, el país les está agradecido a ambos grupos y aquellos que llevamos su sangre lo detentamos con orgullo.



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