José Alejandro Adamuz. La península que acoge a este pueblo marinero, de clara fisonomía vasca, de calles empedradas y salitres en el aire, se asoma al mar Cantábrico, entre la escarpada costa de Gipuzkoa y la presencia del monte San Antón. Podría pasar por una postal más del bello litoral vasco —y estaría bien así. Sin embargo, dos biografías ilustres lo distinguen, la de un navegante del siglo XVI, y la de un genio de la alta costura del siglo XX. Unidos por un arco narrativo insospechado: Elkano conquistó el mundo leyendo el viento sobre las lonas de la nao Victoria; Cristóbal Balenciaga conquistó París dándole forma al aire con la seda y el tafetán. Ambos —cada uno a su modo— trazaron mapas importantes.
Un pueblo pesquero
En Getaria —téngase en cuenta que es excelente destino gastronómico—, se dan cita la cartografía marítima y el patronaje de las pasarelas. En el puerto, resguardado bajo el «Ratón de Getaria» —así se conoce a la península por su peculiar silueta—, aún se pueden ver redes remendadas a mano y barcos que faenan en la mar amarrados en el muelle. Al otro lado, la amplia playa de Malkorbe, familiar y sin olas, presidida por la Iglesia de San Salvador, joya gótica del siglo XV con el suelo en pendiente para adaptarse a la roca. Paseando por aquí, se asimilan las raíces marineras e históricas que forjaron el carácter de Getaria, a la vez que se entiende por qué es uno de los pueblos más bellos del País Vasco.
Esa esencia marinera es la que atraviesa la discreta biografía de Balenciaga. Aunque la vida del modisto suele contarse con tintes legendarios, con un padre que muere en el mar cuando él tenía solo once años, la realidad es que —según recopiló Miren Arzalluz en Cristóbal Balenciaga : la forja del Maestro (Ed. Nerea)— José Balenciaga fue patrón de una embarcación de vigilancia costera e incluso alcalde de Getaria. Sí que al morir, quedaron en la pobreza.
Su madre, Martina Eizaguirre, para tirar adelante, trabajó como costurera para las familias adineradas del pueblo. Y el pequeño la acompañaba. Fue así, entre agujas y encargos, cómo se origina el mito fundacional de uno de los grandes genios de la alta costura, «el Picasso de la moda», como lo bautizó Cecil Beaton.
Donde comenzó todo
El Palacio Aldamar, la residencia de verano de estilo vasco-inglés de los marqueses de Casa Torres, se convirtió en un espacio epifánico para aquel niño. Mientras su madre cosía y hacía los arreglos que le pedían, Cristóbal descubrió los armarios repletos de alta costura parisina de la marquesa. Con apenas doce años, el pequeño se atrevió a pedirle que le dejara copiar uno de aquellos vestidos.
Décadas después, ya como el admirado modisto que acabó siendo, recordó aquel comienzo en una entrevista de 1968: «Imagina mi alegría cuando la vi al domingo siguiente saliendo de la iglesia con mi vestido». A partir de ahí, ni le faltaron clientes ni mecenas.
Por eso es tan especial que el museo esté contiguo al palacio, porque fue el origen del mito Balenciaga. Inaugurado finalmente en 2011, tras años de polémicas presupuestarias y judiciales, se convirtió en el primer museo del mundo dedicado monográficamente a un diseñador de moda.
Arquitectónicamente, el museo propone un diálogo entre dos tiempos. Por un lado está la presencia original del Palacio Aldamar, con su característico ladrillo visto bicolor y los aleros calados. Por otro, la fachada nueva, de aluminio negro, que se pliega sobre sí misma como si fuera una tela, formando un pliego a modo de umbral.
Un museo-armario
Lo que encontramos dentro son tres áreas que albergan las salas de exposición. El gris abraza los espacios y los humaniza, mientras que el color, aplicado en dosis mínimas, distingue los distintos usos, desde la recepción a la cafetería, pasando por la tienda. La línea narrativa que seguimos traspasa seis temas: inicios, día, cóctel, noche, novias y Balenciaga esencial. Cada ámbito, con su propia atmósfera.
La dificultad de exponer un vestido se salvó dotándolos de volumen, como suspendidos en un cuerpo invisible. A modo de protección, la luz es tenue pero capaz de revelar los detalles. Entre las piezas conservadas, en su mayoría donaciones de antiguas clientas y colaboradoras, destaca el famoso vestido infanta, una pieza que se considera síntesis del rigor técnico y la fantasía que definieron el trabajo del modisto.
«La manera de vivir que permite la existencia de la alta costura no existe ya: la alta costura es un lujo que resulta imposible en nuestra época», confesó Balenciaga a la editora de moda de The Times, Prudence Glynn, en 1971, tres años después de su retiro. Tal vez tenía razón. ¿Quién mejor que él para tomarle el pulso a la alta sociedad? Sea como sea, por eso importa este museo, porque guarda la memoria de otro tiempo además de la historia prodigiosa de una vida cuyo epílogo está en el cementerio de Getaria, donde descansa desde 1972. Como dijo el propio Balenciaga, al final «el prestigio queda, la fama es efímera».
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