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Agur Bilbao!

03/03/2019

Romualdo se despidió con un casi inaudible agur bihar arte, apretando a su madre en el abrazo. Subió con desgano por la planchada del carguero y de pronto se vio cada vez más lejos del muelle donde aquella figura delgada, vestida de negro agitaba un diminuto pañuelo blanco, desdibujándose en la niebla que esa mañana se cernía sobre la costa del Cantábrico. No fue un viaje deseado. La amargura de un duelo reciente por la muerte de su aita, y luego de su anaia Marcelino, el hermano mayor, le oprimían el pecho. Su intención era quedarse para proteger a su madre y sus hermanas. Pero ama quería salvarlo de una muerte segura en el servicio militar para el que ya lo habían llamado. Los enviaban cada vez más jóvenes a África, para defender posesiones españolas en Marruecos y si eran vascos, mejor. Por esa razón consiguió un pasaje de tripulante, en un carguero con rumbo a México, para su hijo, y lo envió a mejor suerte con tres baúles repletos de ropa, enseres, libros y un secreto.

En Bilbao la familia gozaba de un buen pasar por sus actividades comerciales ligadas a la industria. Los jóvenes habían recibido una excelente educación para continuar la labor del padre y las hermanas, lo que por entonces se acostumbraba para las gentes de posición acomodada: lectura y escritura, música y bordado. Pero la fidelidad del aita al rey Carlos había complicado esa situación durante la guerra que se declaró por la disputa de la corona española. Los vascos eran considerados una amenaza para la entonces corrupta monarquía,  por ser rebeldes, obstinados e independentistas. Por otra parte la riqueza de sus territorios era una presa que no se podía dejar escapar. Prohibir la lengua madre: el euskara, y llevar forzados a los hombres jóvenes a la guerra fueron dos medidas que se aplicaron conjuntamente como solución del problema.

Romualdo sabía que no podría regresar mientras continuara ese panorama, y a pesar de la angustia que sentía por esa partida inesperada, puso voluntad y brazos para trabajar en el barco durante la travesía hasta llegar a Cuba. Permanecieron unos días en La Habana, y casi baja sus baúles, entusiasmado con el ritmo de las calles, la simpatía de las mulatas y esos aires de nación nueva que se respiraba. Sin embargo pudo más su sentido del deber y la promesa de llegar al destino elegido por su madre, de modo que con el corazón pleno de rumbas, sones y bachatas volvió a embarcar y llegó al puerto de Veracruz una mañana cálida, azul y tranquila como esas aguas caribeñas. De allí en tren hasta la capital mexicana. En ese 1909 se cumplían más de treinta años de presidencia de Porfirio Díaz. Rumores de revueltas campesinas en el Norte y de elecciones democráticas corrían en cada pueblo que atravesaba. La situación social y política no era mejor que la de su Bilbao natal, pero eso ni él ni su madre lo sabían. Cuando llegó a la capital se vio despojado de todas sus pertenencias. Le habían robado sus baúles y con ellos todo lo que poseía. Deambuló por las calles, solo con unas pocas pesetas en los bolsillos, desesperado, a sus diecinueve años y sin conocer a nadie. Buscó lugares con nombres o apellidos vascos sin  lograrlo, durmió en los portales de las iglesias y acercándose la Navidad, el día de la Nochebuena encontró un bar con mesas y sillas en la acera. Una idea loca le subió del estómago a la cabeza. Tres días sin probar bocado. Se sentó a comer y beber hasta reventar. Pidió un cigarro al mozo y cuando éste entró al bar para cumplir el pedido, Romualdo escapó a todo correr prometiéndose volver algún día a saldar la deuda.

Cruzó la plaza del Zócalo sin escuchar las campanas de la medianoche y se refugió llorando en el atrio de la catedral donde una multitud se congregaba para oír la Misa del Gallo. Los días siguientes fueron de peregrinar y aguantar el hambre y las noches en algún portal. Hasta que encontró una tienda de abarrotes a las afuera de la ciudad con un cartel que rezaba: “Lizarraga y Gamboa – Pulquería – Grandes Almacenes”.  Eran los dueños dos vascos alegres y rechonchos que atendían a su público detrás de un mostrador lustroso, repleto de cigarros, dulces, tequila, pulque, aperos y cuanto objeto vendible pudiera imaginarse. Se acercó a ellos y se presentó: Romualdo Cano y Aja de Bilbao, contador, diecinueve años. Desenvuelto les contó su historia y como necesitaban un tenedor de libros, al momento consiguió un trabajo para el que estaba preparado. Le dieron un cuarto, ropas nuevas, comida reconfortante y lo mejor: volver a hablar en euskara, cantar unas bilbaínadas los días de fiesta y sentirse como en casa. Trabajó arduamente y fue relacionándose con otros vascos comerciantes, hoteleros, fabricantes de tejas y ladrillos. En cada lugar encontró una fuente laboral y  ya pudo comprarse ropa, alquilar un cuarto con cocina y baño, equipar una vivienda sencilla y probar que la suerte deseada por su madre estaba de su lado.

En la tienda de Lizárraga conoció a Lupita, una mexicana airosa que se enamoró de su porte delgado y elegante. Y así entre valses y corridos comenzó enseñándole a tocar la guitarra…y terminó en su cama una noche cualquiera después de una fiesta con chanzas, música, baile y tequila. Vivieron un amor secreto y apasionado, aunque a él le preocupaban las ideas revolucionarias de la joven que de cuando en cuando desaparecía y regresaba, triste, deslucida a renovar su amor y su brío musical negándose a contarle sus andanzas. Él salió una mañana en busca de una guitarra usada para continuar sus clases con Lupita entre besos y corridos. Al entrar en la tienda, cercana a la estación de ferrocarril, vio los tres báules, que le habían robado cuando llegó, colgados de la pared. Corrió a la policía y pudo probar que eran suyos porque los ladrones habían dejado los libros y la documentación, llevándose todo lo demás. El secreto era que entre las hojas de los libros  ama  había guardado el dinero, y él había memorizado el número de  las páginas donde estaban las pesetas. Así  que montado en un  carro y cantando a voz en cuello se dirigió  feliz a su morada pero ya no encontró a Lupita. Tiempo después le dijeron que había escapado hacia el Norte para unirse a un grupo liderado por un tal Doroteo Arango Arámbula, descendiente de vascos, que se hacía llamar “Pancho Villa” y que deseaba cambiar las condiciones de vida del campesinado y de los obreros.

Aunque decepcionado y triste por el abandono, no se olvidó del mozo al que había engañado aquella su primera Nochebuena en tierra azteca. Apesadumbrado pero a la vez satisfecho porque podría pagar su deuda, se dirigió al bar en cuestión. Ocupó una de las mesas de la acera, y pidió un plato a aquel hombre que había sido víctima de su desesperación. Le preguntó si alguna vez un cliente se había escapado sin pagarle. El mozo recordó a un muchachito alto y  flaco que parecía extranjero por su manera de hablar y que efectivamente lo había engañado.

Pues ese muchachito era yo, amigo y vengo a saldar esa deuda y agradecerle lo que sin saber hizo por mí.

Se hicieron muy amigos y ya no hubo jornada en que Romualdo dejara de visitar el bar hasta el momento en que decidió viajar a la Argentina.

Madero había ganado las elecciones pero su gobierno tambaleaba por la conspiración constante de Díaz, y sus seguidores. En medio de ese clima tenso de tiroteos y rebeliones, Romualdo encontró una manera de sobrevivir a la pérdida de su amor, uniéndose a otros vascos y creando como socio número tres, la primera Casa Vasca de México para ayudar a los que como él venían a intentar mejor vida. Después de la llamada “decena trágica” días en que asesinaron al Presidente Madero y a sabiendas que la Revolución se hacía cruenta y real, él trabajó sin descanso para reunir dinero y buscar nuevos horizontes.

La Revolución Mexicana se extendía por todo el país con prisa y sin pausa. Él no quería vivir otra experiencia de guerra y había perdido la esperanza de recuperar a su amor de juventud. Otros vascos emigraban hacia Buenos Aires con promesas de trabajo y buenas ganancias. El gobierno de Irigoyen favorecía a los inmigrantes de su origen ofreciendo buenas oportunidades.  Y allá se fue con sus veinte y pico años dejando atrás una época, que mucho después, recordó como inmensamente feliz. Ya en Buenos Aires, sintiéndose hombre de ciudad, se negó a las propuestas de trabajar en los campos con la cría de ovejas y tambos lecheros, a las que muchos de sus compatriotas accedieron, perdiéndose en la inmensidad de esa pampa verde y pacífica.

Romualdo encontró trabajo como contador en hoteles, comercios y restaurantes. La avenida de Mayo y Rivadavia se hicieron lugares familiares para él. Esa gran ciudad le recordaba su perdido Bilbao, su madre, su familia, a la que no podía ver ni escribir por su condición de desertor. Se acercó al “Laurak Bat” en la Avenida Belgrano y allí pudo reencontrarse y trabajar por sus raíces haciéndose socio y habitual colaborador. La solidaridad le permitió acceder a un departamento que compartía con otros dos paisanos de Elorrio y Algorta  huídos como él.  Encontró frontón para seguir jugando a la pelota vasca y un lugar donde recuperar los sabores de la cocina familiar: marmitako de bonito, pisto, chipirones en su tinta, callos a la bizkaina. En las romerías de San Ignacio en el Centro Vasco de La Plata,  al que concurrió para un campeonato de mus, conoció a Paula Granara, una muchacha bonita y elegante, que trabajaba como bordadora para casas de modas. Los padres de ella se opusieron a la relación y entonces Paula escapó a la capital para vivir en casa de una tía que la adoraba. Ambas se prodigaron cariño y compañía. La habilidad con el bordado le permitió a la muchacha encontrar trabajo para grandes tiendas de la época.

Por entonces Romualdo viajó al País Vasco, para abrazar a su madre y hermanas, pues ya habían transcurrido más de veinte años de su partida. Vendieron su propiedad allí y se trajo toda la familia a Buenos Aires donde compró una casa solariega con suficientes cuartos como para albergarlos.

El noviazgo con Paula siguió adelante, y con ella, Romualdo nuevamente encontró lugar para su corazón de poeta. Versos y poemas de amor tuvieron un espacio en un cajón de su escritorio y en los ramos de fresias con que la obsequiaba cada sábado de visita. Se casaron y compartieron su vida con la familia Cano y Aja ya que la familia de Paula no quiso saber de ella.  Nació de ese amor un único hijo: Marcelino Juan Horacio Cano Granara.  Junto a Paula y el niño regresó a Bilbao planeando radicarse allí por unos años, para concretar negocios entre comerciantes bilbaínos y porteños. Pero Paula no se acostumbró a la vida de un país donde las persecuciones, los bandos prohibiendo libertades, el clima de rebeldía y descontento eran pan cotidiano. De modo que Romualdo y familia regresaron. Definitivamente la Argentina fue su tierra de adopción. Él siguió en el ámbito comercial donde se había ganado un nombre y un puesto de honorabilidad. Paula continuó con sus labores para Gath y Chaves, Casa Argentina Escherer y  La Valenciana. Se desvivieron por darle a ese hijo un buen pasar, estudios y trabajo.

Aún después de la partida de su esposo, Paula siguió bordando y viviendo hasta sus últimos días rodeada del amor de su hijo, su nuera y su única nieta: Susana Cano Garramuño.  A ella, hoy, las hojas amarillentas de los poemas con apretada letra del abuelo, le hacen derramar lágrimas de nostalgia, de profundo respeto por esas vidas plenas de esfuerzo y cariño pero también de alegría por ser la depositaria de una herencia de sangre y de nobleza vasca. La foto en sepia de un Romualdo joven, apuesto, decidido a ganarse su posición en el mundo,  la mira desde el fondo del tiempo diciéndole:

 - Gracias neskatxa polita, tu recuerdo me ha dado vida nuevamente y es bueno que quienes nos siguen conozcan la fuerza y la esperanza con la que construimos esta tierra de promisión.

Marita Echave. Coronel Moldes, Córdoba.

(Memoria de Susana Cano Garramuño - Viedma – Provincia de Río Negro - Argentina)



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Marita Echave

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