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Niños en los frentes vascos (1936-1937): el caso de Juan Domínguez Barreras

15/09/2021

 Visita del Lehendakari Aguirre a Elorrio (fondo Sancho de Beurko, AHE).
Visita del Lehendakari Aguirre a Elorrio (fondo Sancho de Beurko, AHE).

Asociación Sauncho de Beurko Elkartea

Cuando Robert Seymour “Chim” fotografió aquel día de enero de 1937 al Cuerpo Disciplinario en la zona de Peñota (Portugalete), retrató detrás a una decena de niños (incluyendo algún muchacho más mayorcito) siguiendo las evoluciones de los soldados. Curiosos a la par que excitados, parecían querer tomar parte de un drama que no entendían del todo y sin embargo ocupaba en sus mentes infantiles —con aquel trasiego constante de gente y las noticias que llegaban del frente— las 24 horas del día. 

Llevados por los comentarios que oían en casa de sus padres y hermanos mayores, para los que la guerra ya era una realidad que se había cobrado muchas vidas, no fueron pocos los que manifestaron vivamente su sueño de convertirse en gudari o miliciano ante el horror de sus madres y abuelas. 

Y es que deseaban participar en aquello y no podían. 

Aunque algunos si lo consiguieron y las milicias acogieron a algunos muchachos que no tenían la edad mínima ni la presencia física para portar un fusil, y menos hacer fuego con él.

En algún caso —siempre teniendo en cuenta que hablamos de una minoría, prácticamente una excepción— se trataba de los más desafortunados en una sociedad que tenía en su seno muchas desigualdades: niños y muchachos huérfanos o procedentes de familias desestructuradas y con necesidades económicas, hijos de la miseria que coincidieron durante los primeros meses de la Guerra Civil con otros menores que, igualmente desgraciados, habían sido acogidos en los caseríos como morroi o criados y se vieron atrapados en la tierra de nadie, en medio de los dos ejércitos enfrentados, mientras compartían su niñez con los hijos de los propios baserritarras que no habían querido abandonar sus propiedades huyendo del drama de la guerra. Historias no contadas que ocurrieron realmente y yacen ocultas en el seno de las familias.


Cuando los disciplinarios de Amós Ruiz Girón salían de su cuartel en Portugalete para desfilar hacia Santurtzi, niños y mocitos seguían sus evoluciones con gran interés, como captó David Seymour “Chim” en esta imagen que hemos recortado. En todas las guerras los niños se han sentido atraídos por los soldados y han jugado a serlo (Sabino Arana Fundazioa).

Pero también corrieron detrás de los soldados otros mozalbetes a quien nada ni nadie pudo parar, ni siquiera los ruegos de sus padres y madres, a los que no pedirían permiso o engañaron directamente, que se mezclarían, en medio de aquella confusión de los frentes estabilizados en el invierno de 1936 a 1937, con las últimas milicianas que se resistieron a dejar las armas cuando el Gobierno Vasco quiso retirarlas.

Mujeres —en algún caso, como veremos, apenas niñas— para las que quedó el estigma de la prostitución con aquellas frases tan denigrantes y misóginas de que causaban más bajas que las balas, como si nadie quisiera ver las diferencias entre aquellas que combatían y las que eran prostituidas, haciendo buena la frase de Carolina Rodríguez de que “la guerra se interpuso en la senda de la revolución social” (1).

Si la mujer en los frentes pasó de ser objeto de la propaganda a ser denigrada en apenas unos meses, la realidad de niños en lugares tan expuestos, ya fuese como combatientes o no, víctimas de la guerra en cualquier caso, es algo que parece no querer ver nadie y que ha sido silenciado absolutamente por la historiografía, algo que causa verdadero sonrojo.

Son los grandes olvidados de la historia, más allá del papel que tuvieron durante la gran evacuación de menores que promovió en Gobierno Vasco en países como el Reino Unido, Bélgica o la URSS, pero aparecen siempre en las fotografías de la mano de los mayores a quienes emulaban, mientras estos les devolvían el afecto que quizás no tuvieron, convirtiéndose para ellos en una suerte de figuras paterno/maternas.

Algo parecido a lo que pasaba con los educandos en el ejército.

Pero la responsabilidad era de los adultos, ya que ellos no veían el peligro, como afirma Karine Lapeyre: Los niños en las catástrofes, tanto las de orden natural como las provocadas por los hombres, lo pasan de maravilla contra la opinión general (2).


La figura del niño-cornetín era de larga tradición en el ejército de preguerra, en el que se admitían muchachos de entre 14 y 16 años que entraban como “educandos”. En el Ejército Vasco hubo casos como el de Rafael Domecq en el Disciplinario y el niño que puede verse en la imagen durante la visita del Lehendakari Aguirre a Elorrio (fondo Sancho de Beurko, AHE).

Con motivo del 70 Aniversario de la Guerra Civil se dio voz a muchos de aquellos niños a través de Radio Euskadi, que publicó los testimonios de sus oyentes en dos libros que firmaron, por un lado, Iñaki Berazategi y Javier Domínguez; y por otro Silvia Palenzuela, Edurne Mendia y el propio Javier Domínguez.

Así pudimos conocer sus interesantes relatos sobre los bombardeos de Gernika y Otxandio, la pérdida de familiares, el drama del abandono del hogar siguiendo a padres, madres y abuelos, las noticias que los combatientes contaron sobre su experiencia en la guerra...

Debidamente contextualizado con los insertos de especialistas, se trata de un trabajo imprescindible que no podría acometerse hoy en día, cuando ya han pasado 15 largos años y ha desaparecido la mayor parte de aquellos testigos, produciéndose un corte en la transmisión oral que la pandemia de la COVID-19 no ha hecho sino acentuar de modo dramático para este patrimonio inmaterial que constituye la memoria de aquella generación (3).


Los casos de adolescentes de 16 años se dieron con relativa frecuencia en el Ejército Vasco y respondería al modo de pensar de la época, ya que existía cierta tolerancia. No así con los menores de esa edad, cuyos casos eran muy raros (fondo Sancho de Beurko, AHE)

Y hablando del Disciplinario, como olvidar a Rafael Domecq, el joven corneta donostiarra de 15 años que marchó al combate colándose entre los hombres que mandaba Amós Ruiz Girón, ya fuese en Ubidea o Barazar y más tarde en Durango, Saibigain y Sollube.

Su testimonio fue imprescindible para reconstruir el historial de aquella unidad, pero en atención a su edad y modo de ver el mundo, hoy nos quedaremos con los retazos de fantasía de la mente del niño que era, como las referencias que hacía a aquellos revólveres que llevaba, a los que llamó “Tom Mix” emulando a sus héroes del celuloide —indefectiblemente, vaqueros y pistoleros de aquellos westerns que inundaban las salas de cine— siendo la mejor prueba de cómo veían ellos la guerra (4).

El 7 de mayo de 1937 el Lehendakari Aguirre dispuso la movilización de los reemplazos de 1938 y 1939, la llamada “quinta del Biberón”, un año antes de que se hiciese en el resto del territorio gubernamental. La participación de adolescentes en la batalla del Ebro fue para muchos “la mayor vergüenza de la República en la Guerra Civil”.


Este adolescente tocado con el típico gorrillo asturiano lleva la insignia del Emakume Abertzale Batza, la organización femenina del Partido Nacionalista Vasco, lo que le asocia de un modo u otro a los frentes vascos (Biblioteca Nacional).

De los niños que quedaron en tierra de nadie hemos recogido el testimonio de Tomás Aspe Madariaga, que estaba de criado a los 6 años en un caserío de Aramaio llamado Induspe Goikoa. Allí le aseguraban la manutención a cambio de que ayudase lo que pudiese en las tareas de casa, apenas cuidar de los animales y llevar la leche con el burro a la cercana localidad de Villarreal (hoy Legutio), que había quedado en medio de la divisoria del frente en el invierno de 1936 a 1937.

El niño, que había nacido en Astrabudua en el seno de una familia humilde cuyo progenitor procedía de Aramaio, había tenido que abandonar a sus padres y hermanos por indicaciones de un tío suyo obispo para alojarse en casa de un conocido del barrio de Ibarra.

Tomasín se despertaba recordando el momento en que se despidió de su madre camino de un lugar adonde la guerra llegaría con toda su crudeza y que vio e interpretó a su modo y manera. Tuvo la suerte de sobrevivir, mientras hacía lo único que sabía: llevar la leche y jugar con un perro llamado Postín.

Vio cadáveres, oyó los estruendos de disparos y explosiones y se cruzó con los combatientes de ambos bandos, que miraban asombrados al niño que atravesaba las líneas con el burro (5).

En Legutio quedaron solo dos niños durante la batalla de Villarreal, José Sáenz de Viteri y Nemesio Ugarte, de 11 años, cuyos testimonios resultaron de gran importancia para nuestros trabajos. Ellos fueron los últimos en ser evacuados cuando la artillería republicana comenzó a bombardear intensamente la villa alavesa.

En este artículo hablaremos de otros como ellos, apenas adolescentes, que se vieron involucrados en aquella batalla, centrándonos en el carranzano Juan Domínguez Barreras, alistado a los 15 años en el batallón Rosa de Luxemburgo, cuyo sobrino nieto Jon Ortiz realizó un gran esfuerzo para que su historia llegase hasta nosotros con los materiales que pudo recoger en una investigación que ha tenido la gentileza de entregarnos.

Todo un descubrimiento que cierra una herida en la familia, ya que, para su sorpresa, nunca se había hablado de él en casa.


Esta es posiblemente la única imagen que se conserva de Juan Domínguez Barreras, muerto a los 15 años en la batalla de Villarreal. Puede ser el niño que sostiene en brazos su madre, Vicenta Barreras Iraola. Abajo a la izquierda y con txapela, Felipe, el segundo de los hijos del matrimonio (cortesía de Jon Ortiz Domínguez).

Juan Dámaso Domínguez Barreras no tuvo la suerte de sobrevivir a la guerra y aportarnos su testimonio, al igual que sucedió con aquella niña de 14 años llamada Marcelina Landa Santa Lucía, cuya vida se desvaneció durante el bombardeo de la aviación republicana sobre Legutio un 24 de agosto de 1936 (6) y la jovencísima miliciana desconocida que cayó muerta en la Dehesa de Acosta (Zigoitia) y fue encontrada por las patrullas rebeldes que recorrían la tierra de nadie el 7 de diciembre de 1936, en plena batalla de Villarreal (7).

Juan había nacido el 10 de diciembre de 1920 en el barrio de Los Lombanos, siendo el menor de seis hermanos fruto del matrimonio de Ángel Domínguez Blanco y Vicenta Barreras Iraola, labradores del concejo de San Esteban en el valle encartado de Karrantza, donde bautizaron a todos sus hijos.

Toda la familia se dedicaba a las labores propias del campo, hasta que los mayores alcanzaban la edad de incorporarse al servicio militar obligatorio o se casaban.

Este fue el caso de Felipe, abuelo de nuestro informante, que se incorporó al Bailén nº 24, con cuartel en Logroño hacia 1930.

Al estallar la Guerra Civil, Felipe, que ya estaba casado y con un hijo, tardó un tiempo en incorporarse al Ejército Vasco, y cuando lo hizo en noviembre de 1936 eligió un batallón de las Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas (MAOC), el “Guipúzcoa”, adscrito al Partido Comunista de Euskadi (PCE-EPK), una organización a la que se acabaría afiliando.

Casi a la par, y sin duda influenciado por él, Juan tomaba el mismo camino y elegía otro batallón comunista para incorporarse a la lucha, el Rosa de Luxemburgo, donde pudo ser admitido a pesar de su juventud, pues aún no había cumplido siquiera los 16 años, una edad en la que fueron más comunes los casos de alistamientos irregulares, pero no los 15 que tenía nuestro protagonista (8).

¿Mentiría al alistarse? Es muy posible, pero la familia lo desconoce.


Casa familiar de los Domínguez Barreras en el barrio carranzano de Los Lombanos, donde nacieron y se criaron todos los hijos del matrimonio (cortesía de Jon Ortiz Domínguez).

En cambio, sí pensamos que pudo haber cierto adoctrinamiento en su entorno cercano, no por los padres, sino probablemente a través de su hermano y sus amigos más mayores, lo que nos lleva a un escenario en que Karrantza, un valle ganadero muy alejado de los principales núcleos fabriles de Bizkaia, vivía sus propios conflictos de carácter sindical y/o político y nadie era ajeno a la creciente influencia de las izquierdas, y mucho menos los jóvenes.

El valle tenía una larga historia de abusos por parte de los grandes propietarios que ahogaban a las familias que les arrendaban la tierra. Euzkadi Roja citaba al vicario, al ingeniero y otros caciques como dueños de los terrenos comunales, que habían “cerrado y acotado prados y montes, pagando tres o cuatro pesetas por jornadas de luz a estrella” y sometían al pueblo a rentas “de tres mil o cuatro mil reales al año”.

Unas familias que, ahogadas por las deudas, acababan desahuciadas tras una vista en el juzgado del barrio de Concha y solo tenían el amparo del sindicato de oficios varios de la localidad (9).

En ese contexto no puede extrañar que el comunismo prendiese con facilidad en estos valles encartados.


Milicianos del Rosa de Luxemburgo se fotografían en el Grupo La Popular, al lado de las escuelas del bilbaíno barrio de Uribarri, donde tenían su cuartel en 1936. Juan Domínguez apenas tuvo tiempo de compartir con ellos, pues no llegó a cumplir ni un mes en el batallón (Koldo Azkue. Bedia XX. Mendean).

Apenas llevaba Juan unos días en el batallón Rosa de Luxemburgo y ya habría pasado por el cuartel de las escuelas de Uribarri (Bilbao) cuando fueron movilizados con destino a Villarreal, incorporándose a la columna de reserva bajo el mando del teniente coronel Aizpuru.

Su unidad entró en acción la misma tarde del 30 de noviembre de 1936, día en que comenzó una de las batallas más sangrientas —y sin duda la más inútil— de toda la campaña vasca, que pretendía llegar a Vitoria y Miranda de Ebro para aliviar la presión que las tropas franquistas ejercían sobre Madrid, una situación que saltó a las primeras planas de todos los periódicos del mundo y dio paso al famoso “No pasarán”.

No hubo en cambio apenas cobertura mediática para los terribles combates librados en torno a esta pequeña localidad del norte de Araba, que tiñó de sangre todos sus pueblos y valles y pronto requirió el auxilio de los batallones de reserva para mantener el empuje de una ofensiva que se estrellaba una y otra vez contra las posiciones rebeldes.

A los milicianos del “Arrosa”, como se les conocería —cuyo jefe por aquel entonces era nada menos que Manuel de Cristóbal Errandonea, que dirigiría el PCE-EPK en el exilio—, les correspondió incorporarse a la lucha por Ollerías, sufriendo las primeras bajas en el sector norte del dispositivo defensivo, donde quedó una bandera comunista y el cadáver de su infortunado porteador (10).


Felipe Domínguez Barreras tenía mujer e hijo cuando se incorporó al MAOC nº 2 “Guipúzcoa” en noviembre de 1936 y tomó parte en los durísimos combates del frente alavés de abril de 1937. Estaba afiliado al Partido Comunista y fue herido en julio de 1937, ingresando en el hospital de Solares. Felipe habló muy poco de la guerra y mucho menos de su hermano Juan (cortesía de Jon Ortiz Domínguez).

Los días 1 y 2 de diciembre se reanudaron los ataques sobre Legutio (Villarreal), activándose de nuevo la columna de reserva en la que estaban los del “Arrosa”, con el jovencísimo Juan formando parte de la 2ª Compañía que mandaba el capitán Juan González Macías.

El 2 es muy probable que participasen con el batallón Itxarkundia en la operación sobre el flanco izquierdo de la villa alavesa, quedando “parte de sus efectivos copados al cruzar la carretera desde Bechina, e infiltrase en exceso hacia la cara sur del pinar” de Txabolapea, como sugiere el coautor de este blog Josu M. Aguirregabiria en su libro, ya que un total de 15 milicianos del “Arrosa” fueron hechos prisioneros allí mismo. De hecho, Aguirregabiria cree muy posible que los enterramientos que se encontraban cerca de lo que hoy día es el dique de contención del embalse sean de este batallón (11).

Para Juan todo terminó aquel día en el que tras nueve horas de combates sin cuartel —en los que llegó a fusilarse a los prisioneros capturados en el campo de batalla— los batallones vascos se replegaron sobre el Albertia, dejando toda la zona del pinar repleta de cadáveres, entre los que podría estar el cuerpo de nuestro joven encartado, que nunca fue recuperado. La triste noticia llegó pronto hasta el barrio de Los Lombanos, pero su defunción fue inscrita en el registro civil de Karrantza en una fecha tan tardía como la del 11 de junio de 1937.

El modo en que se enteró la familia fue a través del propio Batallón, ya que en su certificado de nacimiento consta una nota al margen que procede de su comandante, Manuel de Cristóbal, quien afirmaba que “falleció en el frente de Ochandiano a consecuencia de las heridas recibidas, habiendo quedado su cadáver en campo enemigo”.

Era lo lógico, pues el departamento de Defensa del Gobierno Vasco dispuso el 23 de diciembre de 1936 que los jefes de batallón “emitiesen partes individuales de fallecimiento o desaparición” de cara al registro civil. Con ello se cumplía lo dispuesto en el decreto del departamento de Justicia y Cultura del 11 de diciembre de ese año (12).

Lo que no es tan lógico es que el encargado registrase su muerte a los 17 años, cuando aún no había cumplido los 16.

¿Error consciente para eludir las responsabilidades que correspondiesen por permitir que un niño muriese en combate?

Es muy probable que así fuese, ya que no puede alegarse desconocimiento, pues en un pueblo se conocen todos. Sea como fuere, en aquel humilde concejo encartado donde la guerra que se libraba en la divisoria entre Bizkaia y Araba parecía tan lejana, la historia de aquel niño perdido quedó sepultada en la intimidad de la familia, que ni siquiera la transmitió a las nuevas generaciones, teniendo en su hermano Felipe, que sufrió igualmente el trauma de la guerra y vio sus anhelos perdidos con todo lo que ello conlleva, el último testigo de su existencia, pero no quiso o no pudo hablar de aquello.

Llegado el tiempo de los nietos, es a estos a quienes corresponde reivindicar la memoria de los que, como Juan, son las víctimas inocentes de todas las malditas guerras y rescatarles del olvido.

Aunque no debemos esperar tanto, ya que miles de niños, igualmente inocentes y aún vivos, necesitan urgentemente nuestra ayuda en conflictos como Siria y Afganistán.


En la imagen aparecen marcados con una X los enterramientos que fueron hallados de modo casual durante la construcción del dique embalse de Urrunaga en la década de 1950 y que pueden corresponder a milicianos del Rosa de Luxemburgo fallecidos el 2 de diciembre de 1936 (El batallón Itxarkundia en la batalla de Villarreal. Antecedentes de la primera exhumación de combatientes vascos en la Guerra Civil)   [Ver Saibigain].

 

NOTAS

(1) Carolina Rodríguez Tsouroukdissian: “Carteles antivenéreos de la Guerra Civil Española: imágenes de la prostituta en tiempos de conflicto y revolución social” en Ciberletras nº 42 (2019), pp. 103-119.

(2) Karine Lapeyre: “Los niños de la guerra. La vida en la zona republicana (1936-1939)” en Cahiers de civilisation espagnole comtemporaine n º 6 (2010)

(3) Iñaki Berazategi y Javier Domínguez. (2006). 1936. Memoria de la guerra en Euskadi. Bilbao: Radio Euskadi/EITB y Silvia Palenzuela, Javier Domínguez y Edurne Mendia. (2007). 1937. Memoria de una derrota. Bilbao: Radio Euskadi/EITB. El primero de estos libros tiene un capítulo dedicado a los niños en la guerra.

(4) Para saber más véase Guillermo Tabernilla y Julen Lezamiz. (2004). El Cuerpo Disciplinario de Euzkadi. Bilbao: Asociación Sancho de Beurko.

(5) La historia de Tomás fue recogida por su nieto Aitor Aspe Fid y entregada como trabajo de la asignatura de historia en la Universidad de Navarra con el título “Desde la mirada de un niño: recuerdos de 1937”. Ha llegado a los autores a través de la familia Aspe.

(6) Josu M. Aguirregabiria y Guillermo Tabernilla. (2006). El frente de Álava. Primera Parte. De la sublevación militar a vísperas de la batalla de Villarreal. Bilbao: Ediciones Beta. P. 50

(7) Josu M. Aguirregabiria. (2015). La batalla de Villarreal de Álava. Bilbao: Ediciones Beta. P. 200.

(8) Por ejemplo, en el batallón Perezagua había un tirador de ametralladora de solo 16 años llamado Enrique Fuente, que había nacido en Ortuella y a quien tuvimos la suerte de conocer y entrevistar para nuestro documental sobre la batalla de Villarreal del 2010.

(9) Euzkadi Roja del 21/12/1935.

(10) La batalla de Villarreal...p. 74.

(11) Ibídem, pp. 96-97. Para saber los enterramientos que se localizaron durante la construcción del dique de construcción del embalse en la década de 1950 véase Josu M. Aguirregabiria: “El batallón Itxarkundia en la batalla de Villarreal. Antecedentes de la primera exhumación de combatientes vascos en la Guerra Civil” en Saibigain nº 4 (2017). P. 19. Para saber más sobre el Rosa de Luxemburgo véase el blog de Amaya Ibergallartu y el artículo sobre prensa miliciana que publicamos en este blog

(12) Boletín Oficial del País Vasco del martes 29/12/1936.
 

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Sancho de Beurko Elkartea

Sancho de Beurko Elkartea

El blog Ecos de dos guerras, 1936-1945 tiene por objetivo divulgar la participación de vascos y navarros en dos de las contiendas bélicas que definieron el devenir de buena parte del Siglo XX. La Asociación Sancho de Beurko pretende rescatar del anonimato a los miles de personas que constituyen la columna vertebral de la memoria histórica de las comunidades de vascos y navarros, en ambos lados de los Pirineos, y de sus diásporas de emigrantes y descendientes, con principal énfasis en la de EEUU durante el periodo de 1936 a 1945.

Autores

Guillermo Tabernilla es investigador y fundador de la Asociación Sancho de Beurko, una organización sin ánimo de lucro que estudia la historia de vascos y navarros en la Guerra Civil Española y en la Segunda Guerra Mundial. En la actualidad es su secretario y community manager, así como editor de la revista digital Saibigain. Entre 2008 y 2016 dirigió el catálogo del “Cinturón de Hierro” para la Dirección de Patrimonio del Gobierno Vasco y es, junto con Pedro J. Oiarzabal, investigador principal de Fighting Basques, un proyecto de memoria sobre los vascos y navarros en la Segunda Guerra Mundial en colaboración con NABO, la federación de Organizaciones Vascas de Norte América.

Pedro J. Oiarzabal es Doctor en Ciencias Políticas-Estudios Vascos por la Universidad de Nevada, Reno (EEUU). Desde hace dos décadas su trabajo se ha centrado en investigación y consultoría sobre políticas públicas (ciudadanía en el exterior y retorno), diásporas y nuevas tecnologías, y memoria social e histórica (historia oral, migración y exilio), con especial énfasis en el caso vasco. Es autor de más de una veintena de publicaciones. Blogs “Basque Identity 2.0” de EITB y “Diaspora Bizia” de EuskalKultura. En Twitter @Oiarzabal.

Josu M. Aguirregabiria es investigador y fundador de la Asociación Sancho de Beurko. En la actualidad es su presidente. Especialista en la Guerra Civil en Álava, es autor de varias publicaciones relacionadas con esta temática entre las que destaca “La batalla de Villarreal de Álava” (2015) y “Seis días de guerra en el frente de Álava. Comienza la ofensiva de Mola” (2018).

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