Pedro Ontoso. La Nochebuena de 1989 no discurrió como se esperaba en la nunciatura de la Santa Sede en Panamá. Ese día tan señalado en el calendario litúrgico del catolicismo, el general Manuel Antonio Noriega llamó al teléfono del paisatarra José Sebastián Laboa, responsable de la embajada del Vaticano, en busca de refugio. La misión diplomática era un lugar inviolable, regido por el Derecho internacional. El obispo vasco ni siquiera consultó con Roma. Acostumbrado a lidiar con situaciones difíciles, aceptó la petición del dictador.
Cuatro días antes, un contingente de 26.000 soldados del ejército norteamericano, con más de 300 aeronaves, había invadido el país con la intención de capturar a Noriega, antiguo colaborador de la CIA, por su vinculación con el narcotráfico y el crimen organizado; un episodio que muchos han recordado ahora con la captura del venezolano Nicolás Maduro. Tras unos intensos bombardeos, comandos de los SEAL pisaban los talones a 'cara de piña' (apodo que se ganó por su rostro repleto de cicatrices debido a una viruela voraz), escondido en un inmueble de su amante, Vicky Amado. El general, responsable de los servicios de inteligencia, sabía de los buenos oficios del prelado guipuzcoano.
Laboa gozaba de buena reputación en la Curia romana, donde era conocido como 'Josecho'. En 1954 había sido anfitrión, en su casa familiar de Pasai Donibane, del entonces cardenal Roncalli, que llegaría a ser elegido Papa como Juan XXIII. También fue secretario personal del cardenal Gaetano Cicognani, antiguo nuncio en España y delegado apostólico en Estados Unidos. Su hermano Amleto fue secretario de Estado, el equivalente al primer ministro, además de ministro de Relaciones Exteriores y del Interior, con mucho poder. Los amigos del obispo vasco tenían vara alta, lo que le ayudó a tejer una valiosa red de contactos fuera y dentro de los palacios vaticanos.
Juan Pablo II le nombró en 1983 nuncio en Panamá, entonces una zona 'caliente' de América central, y también allí organizó un amplio entramado de conexiones. Cuando Noriega le llamó, vio la oportunidad de evitar un baño de sangre. Enseguida organizó un plan. Le dijo a César Tribaldos, un empresario de la Cruzada Civilista (la oposición al dictador), que se vistiera de sacerdote y luego le envió en un vehículo con pabellón de la Santa Sede a buscar a Noriega. Escondido y blindado con la inmunidad diplomática pudo entrar en la nunciatura, que enseguida fue rodeada por cerca de 2.000 marines.
El general se pasaba el día leyendo un ejemplar de la Biblia que le había proporcionado Laboa. Fuera, helicópteros y aviones de combate realizaban vuelos rasantes con intenciones intimidatorias, mientras la Santa Sede y la Casa Blanca mantenían un pulso diplomático. Como medida de presión, los militares decidieron una 'guerra psicológica' con música continua de 'heavy metal' y hard rock, con altísimos decibelios. Canciones de AC/DC o Guns N'Roses, bandas tildadas por algunos sectores reaccionarios como «satánicas», se utilizaban como herramientas de guerra contra una sede del Vaticano. También algunos temas de Jethro Tull, que sepultaban villancicos que invocaban la paz.
Pero la 'guerra psicológica' no se libraba desde los vehículos artillados que saludaban con la felicitación 'Merry Christmas' sobre sus escamas de acero, sino en el interior de la nunciatura, donde Noriega había sido aislado de sus colaboradores directos y era sometido a un verdadero 'tercer grado' por monseñor Laboa. El obispo trataba de convencerle para que se entregara, recordándole el episodio de Benito Mussolini: el líder fascista fue capturado por los partisanos de la resistencia italiana y ejecutado, y después su cadáver fue sometido a todo tipo de ultrajes. El general se sentía cada vez más vulnerable y el prelado le apretaba las tuercas. Así, hasta Año Nuevo.
El buen ladrón
El 2 de enero Noriega se lo pasó leyendo la Biblia hasta que pidió papel y pluma para escribir sendas cartas, a su familia y al papa Juan Pablo II. Laboa intuía que el final de la crisis estaba muy cerca. Al día siguiente, hubo misa en la capilla privada y el general comulgó. Se ablandó con la homilía de su anfitrión, que la dedicó al pasaje del buen ladrón, crucificado junto a Jesús en el Gólgota. Un ejemplo de arrepentimiento recogido en el evangelio de Lucas. En el exterior ya sólo se escuchan los helicópteros.
Noriega trasladó al nuncio su decisión de entregarse, pero puso una condición. Exigía vestirse con su traje militar (había llegado en pantalón corto). Laboa se movió rápido. Llamó a Guillermo Endara, futuro presidente de Panamá, para que le ayudara a conseguir el uniforme. El líder opositor contactó con el general Marc Cisneros, comandante de la invasión, un militar latino que se había ganado una reputación de héroe en Vietnam. El jefe del Comando Sur guardaba el uniforme de Noriega para entregárselo al presidente George Bush como trofeo de guerra.
Ahí acabó el recorrido del dictador. Noriega se enfundó su uniforme de gala, pidió el ejemplar de la Biblia de Laboa y escoltado por tres sacerdotes salió de la embajada vaticana. Una vez fuera de la verja exterior, militares con la cara pintada y elementos de camuflaje se lanzaron sobre él y le derribaron al suelo. En la fotografía que se difundió horas después, aparece con un mono caqui, sujetado por dos agentes de la DEA en el interior del avión que le trasladó a Miami para ser juzgado. El 31 de enero se dio por finalizada la operación, conocida como 'Causa justa'.v
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