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Monjas y frailes vascos en Tokio

11/08/2020

En abril de 1966, por motivos que no vienen al caso y que serían largos de contar, llegué a Hiroshima en el Gotaas Larsen, un barco frigorífico que capitaneaba el algortarra Ramón Maguregui y con el que debí seguir viaje luego hasta Panamá, si la empresa no hubiera decidido cambiar los planes. Fue así como, contra todo pronóstico, debí tomar un avión de la Panam para llegar a San Francisco primero y después a Panamá, mientras gestionaba una visa para Venezuela, el objetivo final de mi viaje, que se hizo esperar más de lo previsto. Una parte de la carga que transportaba nuestro barco, pescado y pollos, se quedó en Hiroshima y el resto continuó camino a Tokio.

De la ciudad mártir guardo un diccionario francés-japonés, y unas firmas de tres damas –Moco, Midori, Miyoko– ataviadas una de geisha, otra de vestimenta semioccidental y la tercera, de occidental total. El Pit, que así se llamaba el bar de copas y otros servicios seguramente que los marineros no tardaron en detectar, nos recibió con extrema amabilidad. En ese tiempo, era muy excepcional que arribara a Hiroshima, puerto pesquero, un mercante extranjero. Eso explica el agasajo que sus autoridades ofrecieron a nuestra oficialidad. El del Pit obedecía a otras motivaciones.

Naturalmente, nos acercamos al esqueleto ruinoso que resume y recuerda la masacre y creo recordar que en aquel tiempo sus alrededores estaban desiertos. También en Gernika se debió conservar el frontón arruinado por el bombardeo para recuerdo y oprobio de sus responsables, pero sus cómplices y beneficiarios arrasaron también con las ruinas para tratar de no dejar vestigios de su ignominia.

En Tokio nos esperaban unos frailes franciscanos que venían a saludar a uno de los maquinistas, sobrino de uno de ellos.

El mayor, en altura, dignidad y años, llevaba la boina como la llevó toda su vida mi aitite materno. Había sido misionero en China, de donde le expulsaron, en Corea, donde le recibieron, en Japón entonces, donde contaba con dejar sus huesos.

Me adoptó en seguida, me llevó a conocer su misión, me presentó a una pareja de médicos católicos y a su hija.

El padre Zendoquiz, que así se apellidaba, me animó a quedarme, me hizo confidencias, como que las chinas eran más guapas, pero las japonesas mejores esposas.

Conservo fotos de la pareja y su hija, una muchachita que en ningún momento de la visita levantó los ojos.

Evidentemente, mis proyectos e intenciones no casaban con los suyos.

Mantuve durante un tiempo correspondencia con él y le recuerdo con afecto.

Otro franciscano, joven este y natural de Akorda, me llevó al convento de las Madres Mercedarias de Berriz cuando supo de mi interés por ellas, cuando supo que había sido su monaguillo en Markina.

Nos recibió toda la comunidad, pero a cenar solo se quedaron la madre Lasarte, que era la superiora, una monja muy mayor de Mutriku que solo hablaba ya en japonés, y en euskera, y la administradora.

Recuerdo que comimos de entrada espárragos de Navarra.

Y que las monjas protestaron cuando la jefa les conminó a retirarse.

Nosotros, de niños, recogíamos dinero y papel de plata para los chinitos, que bien podrían ser japoneses, y nuestras hermanas se vestían a la oriental, por influencia, naturalmente, de aquellas monjas vascas trasplantadas a la tierra de San Francisco Javier, y también la de aquel que luego sería general de los jesuitas, el bilbaíno padre Arrupe, médico además de sacerdote, residente en Hiroshima el día del bombardeo.

Pude comprobar que era cierto que las monjas estaban bien instaladas en Japón, y los jesuitas y los franciscanos y otros, en los que entonces recalaban tantas vascas y vascos y hoy deben recurrir a países antes de misión para tratar de mantener abiertos conventos y colegios en Euskal Herria.

Echo en falta la historia e historias de algunas órdenes religiosas pobladas de vascos y vascas y su comportamiento, o el de sus superiores, en y tras la guerra del 36.

Echo en falta su participación en la teología de la liberación o como sostén de la derecha y su sistema, que de todo hubo.

No es preciso ser católico para admirar lo que hicieron bien la mayor parte de ellos y ellas.

Una vez le pregunté al obispo Setién si había sido la complicidad de la Iglesia con el nacionalcatolicismo franquista el responsable del vaciamiento de vocaciones vascas, y me salió por peteneras: era un gran dialéctico y un maestro en eludir respuestas incómodas.



Comentarios

  • Tema da para mucho

    Escribe Koldo San Sebastian en Facebook: Este tema da para mucho. Los japoneses asesinaron a un montón de religiosos (muchos de ellos vascos: agustinos, capuchinos, dominicos...). No se cuenta la historia de las Mercedarias Misioneras de Berriz (aquí profesó al enviudar Teresa Azkue, presidenta del Emakume Abertzale Batza y hermana de Ramón Azkue, fusilado en El Dueso). Hay que hablar de los franciscanos de Cuba (muchos de ellos desterrados dos veces: por Franco y por Castro: cosas de gallegos). De los Pasionistas...Hay una enorme bibliografía sobre el tema: desde el libro de "Elu Lipuzcoa", las monografías de EA Talde, Recalde, el libro de Iturralde...

    Koldo San Sebastian (Lekeitio, Bizkaia), 13/08/2020 01:39

  • Sacerdotes Vascos Venezuela

    Estimado Jose Felix Azurmendi, En la Editorial Xamezaga Catalogo de Obras (920), La Memoria de los Vascos en Venezuela, ha publicado un libro sobre los Sacerdotes vascos en Venezuela Siglo XX- escrito y publicado en Venezuela como mi aporte a este Pais

    Xabier Amezaga (Caracas, Venezuela), 13/08/2020 01:35

  • Kaixo José Félix

    Que gusto poder leer esta nota de José Félix donde destaca la labor de esos hombres y mujeres, de servicio desinteresado a la comunida, que dedicaron su vida a la vocación escogida en contraposición a muchos otros que optaron por el servicio a un ideario político totalitario.
    Esperemos contar con nuevas entregas de José Félix, hombre igualmente dedicado al servicio de la comunidad.

    Xabier Arozena (Tampa, Florida, EEUU), 12/08/2020 16:10

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Jose Felix Azurmendi

Jose Felix Azurmendi

Durango, 1941. Vivió su niñez entre Durango y Markina, y su adolescencia y juventud en Gernika. En diciembre de 1963, para esquivar a la policía franquista, abandonó el hogar de sus padres y vivió en clandestinidad como militante de ETA. En 1966 se refugió en Venezuela, donde integró el Centro Vasco de Caracas, se casó, creó una familia y se hizo periodista. De vuelta al país, a lo largo de su carrera profesional ha sido director de Egin, subdirector de Deia, director de Radio Euskadi, director del Canal Internacional de ETB, autor de varios libros y sobre todo comentarista de actualidad y tertuliano en diferentes medios.

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