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Vida y muerte del baracaldés Félix Gallarreta, comandante del batallón Meabe nº 2

09/07/2021

Félix Gallarreta Gaviña, comandante del batallón Meabe nº 2 Stalin, en un cuadro que encargó su mujer tras su fallecimiento (foto cortesía de la familia Gallarreta)
Félix Gallarreta Gaviña, comandante del batallón Meabe nº 2 Stalin, en un cuadro que encargó su mujer tras su fallecimiento (foto cortesía de la familia Gallarreta)

Cuando alguien se dirige a la Asociación Sancho de Beurko preguntando por cualquiera de los batallones que tuvo el Ejército Vasco durante la pasada Guerra Civil, siempre le contamos lo mismo: que por tratarse de una labor ingente no existen historiales detallados de estas unidades en el verdadero sentido de esta palabra, y desde luego nada comparable a lo que nos tienen acostumbrados británicos y estadounidenses en sus respectivas historiografías. 

Lo mismo podría decirse de la amplísima bibliografía —casi un género propio— dedicada a la Guerra Civil Española. Muy poca gente trabaja a estos niveles, seguramente porque no se ha tomado en cuenta a la microhistoria como una metodología tan valida como cualquier otra, y que en nuestro caso completamos con la historia familiar, que reclama su protagonismo en la confección de un relato más humanizado —y desgraciadamente, más alejado de los estudios académicos más usuales— sobre los conflictos bélicos. La suma de historias personales que trabajamos en el Fighting Basques Project nos permite interpretar la realidad de otro modo.

Habitualmente es un familiar el que nos aporta los materiales necesarios para ahondar en la biografía de una persona, pero en muy rara ocasión se llega al nivel de Arantza Gallarreta, nieta del que fuese comandante del batallón Meabe nº 2 Stalin, Félix Gallarreta Gaviña, quien realizó un enorme esfuerzo en documentarse, acudiendo incluso hasta Ferrol, donde se encuentra archivada la causa que llevó a la condena a muerte y posterior fusilamiento a comienzos de 1938 de un hombre que apenas conoció a su hijo pequeño, José Félix, padre de Arantza.

Su trabajo en esta búsqueda es encomiable e implicó en ella a su hermana Ana y al resto de su familia con el objetivo último de que José Félix, que no tenía ningún recuerdo del padre perdido, supiese que pasó con él realmente.

Desde la Asociación Sancho de Beurko nos hemos limitado a aportar el conocimiento que tenemos de las vicisitudes del batallón Meabe nº 2 en los frentes de combate y la entrevista que le hicimos en el año 2.000 en su casa de Erandio a quien fuese enlace del propio Gallarreta, Juan Miguel Bombín.


El caserío Gallarreta en el barrio baracaldés de San Vicente, a la izquierda de la imagen, en una rara fotografía de principios de 1960. Fue derribado hacia 1968 (foto cortesía de la familia Gallarreta).

Félix Gallarreta Gaviña, hijo de Ángel y Gregoria, nació en el caserío familiar del barrio baracaldés de San Vicente el 20 de noviembre de 1902.

Desde niño le gustaban las matemáticas, que muy probablemente aprendió en una de las escuelas de aprendices que había en la localidad fabril.

En aquel contexto de conflictividad laboral y luchas obreras se convirtió en sindicalista (de oficio fresador), lo que le llevó a afiliarse a la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) tras el advenimiento de la Segunda República (1931) y más tarde a la Unión General de Trabajadores (UGT), siendo vocal de este sindicato desde el año 1935, momento en que ya destacaba como orador en los mítines.

En 1933, estando aún en la CNT, había sido detenido al encontrarse explosivos en el local del citado sindicato, pero fue puesto en libertad seguidamente, por inocente, como declaró ante el instructor de la causa que se instruyó contra él al ser hecho prisionero en Asturias (1).

Casado con María Gómez Hoyos en 1930, era padre de dos hijos: Ana Mari y José Félix.

Cuando marchó voluntariamente al frente en 1936 también quedaron en el caserío familiar tres de sus cinco hermanos: dos chicas y un chico, ya que otras dos estaban casadas.


Campamento de Dar Quebdani hacia 1924. En posiciones avanzadas como esta se basó la defensa de Melilla tras el llamado desastre de Annual. Allí fueron masacrados 1.000 soldados a manos de los rifeños (foto Todocolección).

En su ascenso de simple miliciano a comandante durante la Guerra Civil sin duda tuvo mucho que ver su experiencia en la campaña que se libró en Marruecos contra el rebelde Abd el-Krim, en la que tomó parte de 1924 a 1926, siendo destinado al batallón expedicionario de Melilla, según consta en su expediente militar (2).

El 20 de agosto de 1924 llegó a la citada ciudad norteafricana y seguidamente fue enviado al puesto avanzado de Dar Quebdani, donde tres años antes había sido masacrada a manos de los rifeños la totalidad de la guarnición salvo los jefes y algunos oficiales.

Después pasaría a Kandusi y Segangan, siempre en servicio de campaña.

Regresó a Bilbao el 1 de abril de 1926 y fue licenciado ilimitadamente el 10 de noviembre de ese mismo año, cuando ya llevaba meses viviendo en casa, si bien su vinculación administrativa con el ejército se prolongó hasta el 31 de marzo de 1927.

Es fácil imaginar el efecto que tuvieron en el ánimo del joven Gallarreta todas aquellas terribles experiencias, que probablemente forjaron su definitivo compromiso con las izquierdas.

En el escenario norteafricano, convertido en un “gran campamento” en el que el poder militar había suplantado al civil —no en vano, el alto comisario era siempre un general—, los oficiales, que se beneficiaban de prebendas y ascensos (3), llegarían a sentirse tan cómodos como humillada la tropa; soldados de origen humilde que, sin poder pagar para reducir su tiempo de servicio y evitar esa guerra (el llamado “soldado de cuota”), regresaron a sus localidades de origen marcados de por vida.

Los militares africanistas serían los máximos inductores del golpe de 1936.


El comandante Gallarreta en el frente junto a dos compañeros. Los tres llevan casco, que fue entregado principalmente a las tropas que participaron en la batalla de Villarreal (foto cortesía de la familia Gallarreta).

En el otoño de 1936, tras el estallido de la Guerra Civil, Gallarreta pasó por el cuartel que la UGT tenía en la Universidad de Deusto, centro de organización de todos los batallones socialistas, incorporándose como miliciano al UGT nº 5 “Madrid” —donde estuvo de intendente nada menos que Ramón Rubial—, pero apenas permaneció en él quince días, en los que estuvo en el frente de Eibar, pues pronto pasó al Meabe nº 2 como oficial ayudante del comandante Evaristo Expósito.

A comienzos del mes de diciembre de 1936 se luchaba con ferocidad por la posesión de Villarreal (Legutio en la actualidad) y nuestro hombre probaría su valía en uno de los batallones de choque del recién formado Ejército Vasco, el 2º de la llamada columna Meabe, también conocida como Stalin, que se encontraba adscrita a las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), una organización que experimentaba un fuerte crecimiento al incluir en sus filas a numerosos militantes comunistas, que fueron ganando una creciente influencia en el Ejército Popular de la República.

Aunque pueda parecer una paradoja que Gallarreta, todo un veterano con amplia experiencia en el sindicalismo de base, se viese “relegado” a un papel estrictamente militar mientras los cuadros políticos de la organización se acabarían nutriendo con jóvenes enviados incluso desde Madrid. como Marcelo Usabiaga, tenemos que tener en cuenta que —a fuerza de ser los militantes más jóvenes quienes dirigiesen una organización que tenía precisamente en la juventud su razón de ser— la única prioridad del momento era aliviar a toda costa la presión que los rebeldes ejercían sobre Madrid, convertido para el mundo en “el rompeolas de todas las Españas” que diría el poeta Machado, y por eso se luchaba con denuedo en Villarreal.

El Ejército Vasco atacó en tres columnas y el Stalin formó parte de la que partía de Ubidea, que mandaba el teniente coronel Cueto, compartiendo destino con su batallón hermano, el Meabe nº 1 Largo Caballero. Años después, Juan Miguel Bombín relataba que “emprendimos la marcha en fila india dejando una distancia de cinco metros de hombre a hombre. Recuerdo que estuvimos ascendiendo montes bajo la lluvia, todos muy somnolientos guiados por pastores de la zona; vi a algunos muchachos que prácticamente se dormían andando, ya que no habíamos dormido nada el día anterior” (4).


Milicianos del batallón Meabe nº 2 Stalin en el frente de Otxandio (foto cortesía de Juan Miguel Bombín).

El día 30 de noviembre de 1936 los batallones Largo Caballero y Perezagua rompieron el frente por Elosu, mientras el Stalin hacía lo propio por Etxaguen, enfrentándose de inmediato a un escuadrón de caballería bajo el mando del capitán García Benítez, que murió en el enfrentamiento.

A la noche los rebeldes se replegaron sobre Murua con grandes pérdidas, dejando libres las alturas de Etxaguen, ocupadas de inmediato por los milicianos de las JSU, que pasaron la noche a la intemperie sufriendo muchas bajas por congelación, incluyendo a un jovencísimo Juan Miguel Bombín, que tuvo que ser evacuado como tantos otros.

Gallarreta fue testigo del constante trasiego de carros de bueyes cargados de enfermos y heridos de su unidad hacia Ollerías, pero no había tiempo que perder, ya que urgía avanzar hacia Murua, donde acabarían estableciendo sus posiciones definitivas.

El día 3 de diciembre los milicianos de los batallones Stalin y UGT nº 2 Prieto atacaron con virulencia en el sector de Gopegi, pero los rebeldes aguantaron la presión.

Las pérdidas eran cuantiosas por ambos bandos y los muertos se empezaban a alinear en Ubidea a la vista de todos; un triste espectáculo que también se dio en los hospitales de Vitoria, adonde los rebeldes llevaron —además de a los propios— a los heridos del Ejército Vasco cogidos entre las líneas.

A pesar de la extrema violencia de los combates, la situación terminaría estancándose según pasaban los días, pues ambos contendientes habían agotado sus reservas.

El Stalin, completamente exhausto y reducido a menos de la mitad de sus efectivos por las bajas, sería retirado hacia Ollerías y el día 9 de diciembre se preparaba para marchar a su cuartel de Indautxu (Bilbao) a reorganizarse y descansar, aunque regresaría ocho días después.

Gallarreta fue herido al final de la batalla, el día 21, y trasladado al hospital bilbaíno El Sitio, donde pasaría la Navidad de 1936.

Al menos 43 de sus hombres perecieron en Villarreal (5), pero lo peor estaba aún por llegar.

Cuando comenzó la ofensiva franquista del 31 de marzo de 1937, al Stalin le tocó la peor parte en el monte Albertia, donde llevaba desplegado más de dos meses.

Durante aquel tiempo, Gallarreta, que ya había regresado del hospital, fue ascendido a jefe de batallón y tuvo ocasión de simpatizar con Juan Miguel Bombín, que recordaba “que era muy majo y simpático y que les contaba chistes verdes. También que había sido veterano de la campaña de Marruecos y que padecía del estómago, por lo que muchas veces tenían que agenciárselas para conseguirle leche”.

El día antes del ataque, los milicianos del Stalin ya habían detectado movimientos en su sector, según Bombín: La tarde anterior vimos gran movimiento en Villarreal. En una campa había movimiento de caballería y mi sargento se lo comunicó a la jefatura del sector en Ochandiano [que mandaba el comandante Juan Ibarrola]. Como consecuencia disparó nuestra artillería y se dispersaron. Por la noche lo pasamos mal por el fuego de ametralladoras; hubo una reunión de los capitanes y Gallarreta con Ibarrola. Tenían intención de pegar un golpe de mano con 30 hombres y granadas de mano y cuchillos a ver si veían como estaba el enemigo, si ya se iban acercando, etc. (6).


Trincheras del monte Albertia fotografiadas por el eibarrés Ojanguren en 1937, cuando ya habían sucedido los combates. Al fondo puede verse Maroto y Maroto Baso. Dos compañías del Stalin fueron masacradas en estas posiciones (foto AGG-GAO OA06042).

A las ocho menos cuarto del 31 de marzo de 1937 comenzó “una preparación artillera que no tenía parangón con ninguna otra hasta la fecha en la Guerra Civil Española”; un infierno de fuego y metralla se cernió sobre las posiciones del Stalin en el monte Albertia, obligando a los hombres a tirarse al fondo de trincheras y agujeros, pero fueron muchos los que no lo lograron y el paisaje se tornó dantesco, con cuerpos destrozados por todas partes, e incluso colgando de los árboles.

La cima del Albertia “desapareció” en medio del humo de las explosiones de los proyectiles lanzados por decenas de cañones, y seguidamente bombardeó la aviación alemana.

Sin tiempo a reaccionar, los milicianos del Stalin se vieron en medio del ataque del 1º Batallón de Flandes, la unidad de élite de Camilo Alonso Vega.

La combinación de shock y terror hizo que muchos fuesen hechos prisioneros de inmediato, pero hubo quienes resistieron hasta el final.

Prácticamente, los efectivos de dos compañías desaparecieron ese día en el Albertia y ni siquiera fue posible hacer la contabilidad exacta de los muertos y/o desaparecidos, a pesar de que lo intentamos denodadamente en un número especial de la revista Saibigain.

El propio comandante Gallarreta fue herido en aquellas operaciones y permaneció en el hospital hasta primeros del mes de mayo, cuando su batallón fue enviado a Sollube.

Las operaciones del monte Sollube sorprendieron al Ejército Vasco en plena fase de reorganización en brigadas y divisiones, y al Stalin, reconstituido una y otra vez con reemplazos de las nuevas levas, le correspondió formar parte de la nueva 9ª Brigada de Vicente Álvarez con el Disciplinario, el Itxasalde y el UGT nº 4 Carlos Marx.

El día 4 de mayo de 1937 cubrieron posiciones en el monte Burgoa —encima de la localidad de Bermeo, ocupada por la Brigada Mixta ítalo-española Flechas Negras— teniendo a su izquierda el mar y a su derecha el batallón de castigo vasco: el Cuerpo Disciplinario.

Gallarreta se sumaba de nuevo al combate tras su convalecencia en un momento crítico, tras el reciente bombardeo de Gernika, en el que los italianos habían sufrido un duro revés que la propaganda del Gobierno de Euzkadi se encargó de airear como si fuese un segundo Guadalajara.

Por unos días pareció que los combatientes vascos eran capaces de dar la vuelta a la catastrófica situación, pero todo pareció desvanecerse cuando el 8 de mayo se perdieron Sollube y Truende y, como en un efecto dominó, la 9ª Brigada al completo fue presa del pánico y “abandonó el frente en una caótica retirada cuesta abajo que llevó a todos sus batallones a cruzar la pequeña ría de Bakio y ocupar posiciones en el monte Jata” (7), de donde serían finalmente relevados y trasladados al sector de Amurrio (Barambio), que por aquel entonces no tenía movimiento alguno.

En aquellos combates Gallarreta fue herido por tercera vez y ya no saldría del hospital hasta el día 1 de junio de 1937.


Vicente Talón publicó esta fotografía como un retrato de Félix Gallarreta, pero la familia insiste en que no es él. Aun así, la hemos sometido a restauración en un programa de inteligencia artificial para definir sus facciones y estamos convencidos de su autenticidad (foto Memoria de la Guerra de Euzkadi de 1936).

Cuando se rompió el Cinturón de Hierro y la suerte de Bilbao estaba echada, el Stalin se replegó hacia Balmaseda y finalmente a Karrantza, instalándose en el barrio de Callejo, adonde llegaron, a pesar de algunas deserciones, algo más de 600 hombres. Una situación que no era nada común entre los batallones vascos, que habían sufrido una merma de tal magnitud que la masa de maniobra del Ejército se había visto reducida a menos de la mitad.

Con la nueva reorganización, el Stalin se incorporó a la nueva 9ª Brigada de Carlos Roda junto a los batallones Sukarrieta e Ibaizabal.

En julio de 1937 se habían trasladado a la localidad cántabra de Riancho, donde Gallarreta resultó herido por cuarta vez durante un bombardeo de la aviación insurgente.

Trasladado al hospital de Limpias, fue evacuado a Avilés el día 20 de agosto, antes de que los rebeldes cortasen las comunicaciones en su avance hacia Santander.

Según nos contó Bombín, una parte del batallón quedó en Santoña, mientras que otra consiguió llegar hasta Asturias.

En el epílogo final del frente Norte, Gallarreta, en ese momento mayor de milicias, ya no mandaría ninguna otra unidad de combate.

Todavía convaleciente, permaneció por un tiempo en un centro de concentración de heridos vascos de Cangas de Onís y luego fue destinado al Estado Mayor del XIV Cuerpo de Ejército como jefe de la 3ª Sección.

Apenas 4.000 soldados vascos se concentraron en Asturias tras la pérdida de Santander.

Cuando se produjo la desbandada se encontraba en Nava e intentó sin éxito llegar a Francia por mar, embarcando en el puerto de Gijón, pero fue hecho prisionero cuando su barco fue apresado por el minador rebelde Júpiter.

A finales de octubre de 1937 estuvo preso en el campo de concentración de Camposancos (La Guardia, Pontevedra), donde se hacinaban en condiciones deplorables más de 2.000 personas.

De inmediato, los rebeldes comenzaron con su drástica política depurativa, que no admitía distingos ni tampoco tenía ninguna garantía legal —basada como estaba en una serie de procesos sumarísimos de urgencia de carácter colectivo en el que cada acusado apenas disponía de cinco minutos—, aunque previamente pasaban por allí toda suerte de denunciantes con agravios de todo tipo, incluyendo falangistas y policías del régimen; una triste estampa con la que la España de Franco se presentaba en todos los territorios que iba “liberando”.

Gallarreta pasó por la “Comisión Clasificadora de Prisioneros y Presentados”, siendo identificado, clasificado y enviado a la cárcel del Coto (Gijón), adonde llegó el 28 de noviembre de 1937.

Después pidió avales a dos vecinos de su barrio de Barakaldo, que se los negaron cruelmente y a quienes no citaremos aquí para no avergonzar a sus familiares, lo que indudablemente tuvo que hacer mella en su ánimo, mucho más que las falsas acusaciones que se le hicieron y que jamás pudieron probarse, salvo su militancia izquierdista y su participación como militar en los frentes de combate.

Finalizaba el informe del sargento de la Guardia Civil de la localidad fabril con una frase que era un bonito epitafio para un hombre de su talante: “es un gran idealista y convencido de las ideas sindicalistas” (8).


En 2010 se erigió en el cementerio el Sucu de Ceares un monumento a las víctimas de la represión franquista, un lugar que alberga los restos de más de 3.000 víctimas (foto cortesía de la familia Gallarreta).

Y así se instruyó una causa por la que fue juzgado en Gijón por el Consejo Permanente de Guerra nº 1, un tribunal que le condenó el 21 de diciembre de 1937 a la pena de muerte por el delito de “Rebelión Militar”, una cruel paradoja que el aparato represivo del régimen aplicaba a quienes, precisamente, habían defendido la legalidad ante el golpe de estado causado por esos mismos militares.

Y todo rapidísimamente, con la lectura de los cargos y sin que ni siquiera pudiese intervenir para defenderse.

Le acompañaban otros cinco hombres, todos asturianos, de los que tres fueron condenados a pena de muerte, uno a reclusión perpetua y otro a una pena de 20 años de cárcel.

Dos días después el auditor de guerra propuso su aprobación y comunicó la sentencia a la Asesoría jurídica del general Franco, que dio su conformidad, o el enterado, que lo mismo daba.

Entretanto, la familia había sabido de su situación a través de un telegrama que envió a Barakaldo una caritativa señora de Gijón llamada Piedad Leaños, y su mujer y su hermana escribieron a un pariente sacerdote que estaba de párroco en Guriezo para pedirle que intercediera por él, pero contestó diciendo que no podía hacer nada porque no pertenecía a la citada localidad cántabra ni había sido bautizado en su parroquia.

Posteriormente, escribieron una última y desesperada carta al general Franco en la esperanza de que algún falangista o persona influyente de Barakaldo la firmase, pero todo fue en vano.


Félix Gallarreta se encuentra memorializado en este monumento junto a otras 1.933 víctimas (foto cortesía de la familia Gallarreta).

El lunes 10 de enero de 1938, casi coincidiendo con la entrada de las tropas republicanas en Teruel, le sacaron de la celda antes del amanecer y fue conducido junto a otros 63 condenados a las tapias del cementerio de Ceares (El Sucu), donde todos fueron fusilados.

Se les enterró allí mismo en una fosa común situada entre el cementerio civil y el católico.

En la actualidad está memorializado en un monumento junto a otras 1.933 víctimas de la represión franquista.

Al parecer, fue la única vez en que fuerzas del Ejército regular rebelde efectuaron una ejecución masiva en Asturias en toda la guerra, ya que normalmente eran otros los verdugos.

Gallarreta no fue el único vasco juzgado en consejo de guerra en Gijón, como documentó Marcelino Laruelo en su extraordinario libro La libertad es un bien muy preciado (9).

Para quienes seguían con vida, incluyendo a muchos otros oficiales del Ejército Vasco capturados en el Norte, comenzaba un verdadero calvario, aferrados a la posibilidad de un canje como único medio de escapar de una muerte cierta, pero esa es otra historia.
 

NOTAS

(1) Proceso sumarísimo de urgencia nº 639, seguido contra Félix Gallarreta y otros por la Auditoría de Guerra del VIII Cuerpo de Ejército en Gijón el 18/11/1937 (Archivo Intermedio Militar del Noroeste, cortesía de Arantza Gallarreta).

(2) Expediente militar de Félix Gallarreta, perteneciente al R/1923 (Archivo General Militar de Guadalajara, cortesía de Arantza Gallarreta).

(3) Gabriel Cardona: “El desastre del 98 y el militarismo” en Celestina Rozalén y Rosa María Úbeda (coord). (2004). “La crisis de fin de siglo en la provincia de Almería”. Instituto de estudios almerienses. P. 277.

(4) Testimonio de Juan Miguel Bombín a los autores publicado en Josu M. Aguirregabiria. (2014). La batalla de Villarreal de Álava. Ofensiva sobre Vitoria y Miranda de Ebro. Noviembre y diciembre de 1936. Bilbao: Ediciones Beta: Bilbao. P. 44.

(5) Relación de fallecidos del Cuerpo de Ejército de Euzkadi en la batalla de Villarreal (Ibídem, pp. 217-256).

(6) Testimonio de Juan Miguel Bombín a los autores.

(7) Guillermo Tabernilla y Julen Lezamiz. (2002). El Cuerpo Disciplinario de Euzkadi. Asociación Sancho de Beurko: Bilbao. P. 93.

(8) Proceso sumarísimo de urgencia nº 639...

(9) Marcelino Laruelo Roa. (1998). La libertad es un bien muy preciado. Consejos de guerra celebrados en Gijón y Camposancos por el ejército nacionalista al ocupar Asturias en 1937. Testimonios y condenas. En la estela de Aldebarán: Gijón.

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Sancho de Beurko Elkartea

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El blog Ecos de dos guerras, 1936-1945 tiene por objetivo divulgar la participación de vascos y navarros en dos de las contiendas bélicas que definieron el devenir de buena parte del Siglo XX. La Asociación Sancho de Beurko pretende rescatar del anonimato a los miles de personas que constituyen la columna vertebral de la memoria histórica de las comunidades de vascos y navarros, en ambos lados de los Pirineos, y de sus diásporas de emigrantes y descendientes, con principal énfasis en la de EEUU durante el periodo de 1936 a 1945.

Autores

Guillermo Tabernilla es investigador y fundador de la Asociación Sancho de Beurko, una organización sin ánimo de lucro que estudia la historia de vascos y navarros en la Guerra Civil Española y en la Segunda Guerra Mundial. En la actualidad es su secretario y community manager, así como editor de la revista digital Saibigain. Entre 2008 y 2016 dirigió el catálogo del “Cinturón de Hierro” para la Dirección de Patrimonio del Gobierno Vasco y es, junto con Pedro J. Oiarzabal, investigador principal de Fighting Basques, un proyecto de memoria sobre los vascos y navarros en la Segunda Guerra Mundial en colaboración con NABO, la federación de Organizaciones Vascas de Norte América.

Pedro J. Oiarzabal es Doctor en Ciencias Políticas-Estudios Vascos por la Universidad de Nevada, Reno (EEUU). Desde hace dos décadas su trabajo se ha centrado en investigación y consultoría sobre políticas públicas (ciudadanía en el exterior y retorno), diásporas y nuevas tecnologías, y memoria social e histórica (historia oral, migración y exilio), con especial énfasis en el caso vasco. Es autor de más de una veintena de publicaciones. Blogs “Basque Identity 2.0” de EITB y “Diaspora Bizia” de EuskalKultura. En Twitter @Oiarzabal.

Josu M. Aguirregabiria es investigador y fundador de la Asociación Sancho de Beurko. En la actualidad es su presidente. Especialista en la Guerra Civil en Álava, es autor de varias publicaciones relacionadas con esta temática entre las que destaca “La batalla de Villarreal de Álava” (2015) y “Seis días de guerra en el frente de Álava. Comienza la ofensiva de Mola” (2018).

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