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Manuel Irujo en Montevideo

05/10/2021

Aquel día de mi infancia de Montevideo está entre mis primeros recuerdos. Había en casa revuelo. Ama planchó su único vestido de gala para luego ahuecar las flores de tela de su sombrero de paja, mientras aita trajeado con su también único traje de gala cepillaba con afán sus zapatos de cuero granate comprados en Londres en los días primeros de su exilio y que solo usaba en ocasiones, pues los mantenía como tesoros para revestir sus pasos en el retorno a Euskadi. Finalmente se colocó su sombrero de fieltro gris, dando por ultimado su atuendo. Curiosa, le pregunté a dónde íbamos: un bocinazo advirtió que el reluciente coche Ford modelo T de Pedro Artetxe acababa de llegar a la calle Francisco Araucho. Aita, camino del ascensor, advirtió que llegaba a Montevideo, en visita oficial, Manuel Irujo. Que íbamos a recibirlo al aeropuerto de Carrasco.

Mientras entrábamos en el coche del hombre afable y generoso que era Artetxe, al  servicio voluntario del mandato del Euskalerria, destacó la significación de la visita de Irujo, representante del Gobierno Vasco en el Exilio, instalado en Paris. a la colonia vasca de Argentina y Uruguay. Irujo relataría los acontecimientos de Europa, finalizada la guerra mundial. Nos traía ánimos, él, que también lo había perdido todo, para seguir en la resistencia vasca. Era un personaje especialmente honorable entre los muchos honorables que servían a la causa de Euskadi. Como repetiría su discurso muchas veces, lo mantengo en la memoria.

Recibimos a un hombre que en la mitad de la guerra cuando las pasiones desatadas de unos y otros formaban un charco de sangre en la península ibérica, tras el golpe militar de julio de 1936, desde un puesto de alta responsabilidad como ministro de la 2ª República al que accedió mediante pacto para conseguir a los vascos de Araba, Bizkaia y Gipuzkoa el Estatuto de Autonomía una primera organización administrativa conjunta desde su desvinculación por la fueras de las armas del Reino de Nabarra al que de origen pertenecían— , se dedicó con lo mejor de sus fuerzas, lo más agudo de su inteligencia y la más audaz de las valentías al rescate de vidas humanas. Fue mucho más cristiano que el cardenal primado de España y aun que el papa ambos lo estigmatizaron—, más osado que los militares que emprendieron una guerra armados hasta los dientes y desde sus cuarteles contra el pueblo indefenso, y menos separatista que de quienes de tal cosa le tildaron, pues en su misión de salvamento no distinguió entre blancos y negros, rojos o azules. Hoy viene a nosotros semejante hombre nacido en Nabarra para alumbrarnos sobre la posición de Euskadi en la nueva Europa. Vamos a recibir a un excelente Hombre Vasco.

Los ojos azules del hombre de Algorta, abogado, escritor, filólogo, desterrado por lo tanto por el general Franco y los suyos, se llenaron de lágrimas y su voz sonó suave bajo el cielo celeste de Carrasco, rebotando entre las dunas doradas, entre los pinos carrascales que parecían hacer guardia de honor camino al aeropuerto al que entramos y caminamos hacia la pista, viendo cómo aterrizaba un avión bimotor que con mucho ruido se detuvo ante nosotros, pequeña congregación de personas que representaba el exilio uruguayo. Se abrió la portezuela, se acercó la escalerilla y apareció un hombre alto, revestido con su sombrero y gabán de lana y que abrió sus largos brazos como queriendo estrechaános contra su corazón. Bajó con garbo la escalerilla, acercándose a la comitiva de bienvenida. Muchos no le conocían porque jamás habían estado en Euskadi, otros dejaron de verle desde la guerra. En todos afloraba la emoción vasca de fraternidad.

Irujo era un hombre serio pero no excesivamente grave. Desde lo profundo de su personalidad surgía como una nota musical que modulaba sus palabras y gestos, que lo hacía moverse con gracia, inaugurando una nueva era de políticos, de los que se funden y confunden en el pueblo que los ha elegido y comenta los temas urgentes que les atañen. Fue abrazando a unos y otros y, al verme, junto a los aitas, se detuvo. Se agachó para enfrentarse a mis ojos y con su mano fuerte pero suave me tiró de las trenzas y levantó el mentón de mi cara hacia él, enfrentándome a sus ojos azules como el cielo de Carrasco a la sonrisa abierta y luminosa como un rayo de sol que quedó para siempre clavada en mi corazón. Y exclamó con su timbrada voz: Moceta. El tono de Lizarra perforó mi corazón. Nunca antes nadie me llamó así. En Uruguay era chiquilina o petisa o pibe, para los vascos del Euskalerria era neska. Nadie lo volvería a hacer. Quedó como una contraseña entre los dos.

No recuerdo sus charlas en el Euskalerria de Montevideo, pero fueron materia de conversaciones durante tiempo: sus esperanzas en la nueva Europa que trataban de gestar dirigentes avergonzados y horrorizados por lo  sucedido. El deseo de un cambio civil, abierto y generoso que volcara los moldes militaristas y agobiantes. La necesidad obligada antes de todo proyecto de una Declaración Universal de los Derechos Humanos promulgada ese diciembre más amplia que la expresada en la Revolución Francesa, S.XVIII, pero no tan antigua ni tan perfecta como la ordenaba el Fuero vasco. En 1945 Ekin de Buenos Aires habia publicado su obra Instituciones Jurídicas Vascas.

Habló de las ruinas de Gernika, colada primera de un volcán que luego erutó lava sobre el mundo, del obligado éxodo de nuestro pueblo en ese siglo, sucesor al que procuraron las guerras carlistas del S. XIX. Afirmaba que la causa de Euskadi era ajustada a derecho, objeto de civilización y reparación histórica. Nafarroatik Euskadira era el mensaje del hombre que nos venía de París, aunque en realidad nos estaba llegando de Lizarra.



Comentarios

  • Comentario

    Excelente artículo con todo el perfume de Montevideo ochenta años atrás.

    Juan Carlos Luzuriaga (Montevideo), 08/10/2021 17:00

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Arantzazu Ametzaga

Arantzazu Ametzaga

Arantzazu Ametzaga Iribarren es bibliotecaria y escritora. Escribe desde Errikotxiki, en el Valle de Egues, en Navarra

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