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Manuel Irujo: Caracas, 1969

11/11/2021

Había estado otras veces en Caracas, pero en 1969 llegó Manuel Irujo, casi octogenario, del invernal febrero de París a la siempre primaveral Caracas, con el ánimo dispuesto a cuidar de su hermano Juan Ignacio, enfermo de cáncer terminal. Cargando una pequeña maleta, se instaló en su apartamento de El Paraíso, casi en punta de pie. Procuraba ser todo menos un estorbo. A los largo de los meses que siguieron, los hermanos rememoraron los tiempos de Lizarra, la familia feliz pero dispersa por un exilio demasiado largo. De la madre Aniana fallecida años antes en Buenos Aires... costaba aceptar que la alegre mujer que tocaba el piano en el salón de los espejos de la casa natal y bailaba con soltura la jota permaneciera quieta en la constelación de la Estrella del Sur del cielo austral, apartada de de ellos y de ciudad que los vio nacer a todos.

Se organizaba para impartir charlas en el activo Centro Vasco. Apasionado europeísta nos traía la nueva idea del viejo mundo que, sacudiéndose las cenizas hórridas de la 2ª Guerra mundial, ensayaba otra realidad política, para que nunca jamás volviera a ocurrir lo que ocurrió.  Aunque en la Caracas de aquel tiempo gozábamos de información excelente, quedaban puntos oscuros a nuestra comprensión del avance de Europa hacia una unidad que, eso queríamos los vascos, fuera de los pueblos. Una integración de sus diferencias, una gestión de intereses diversos, confirmación de los Derechos Humanos dictados en la Carta de 1948, y una economía que permitiera, por vez primera gozar de los bienes educativos y laborales a una masa poblacional grande, y no reservada a unos pocos.

Algo mas urgía en el ánimo de Irujo: la evolución de Euskadi en aquellas décadas del franquismo centralista y opresor, devastador para nuestras reivindicaciones nacionales. Había demasiados presos hacinados en las cárceles, demasiadas familias que por eso mismo subsistían en el nivel de la pobreza, demasiado castigo social, añadido a la dispersión de la humanidad vasca iniciada en 1937 con la caída de Bilbao, que tras la estadía en Francia se expatrió a América. Irujo contemplaba a la nueva generación, entre la que se contaba su familia, más americana que vasca, ahondando el socavón del cuerpo social vasco. Le dolía la aparición de un grupo armado, ETA, nacido de semejantes circunstancias, pues lamentaba añadir a la violencia más violencia. Se daba casi por muerto el euskera. Estas dolencias le quebraban el corazón, pero no le rebajaban el optimismo.

Cabía en ese espacio gris Radio Euzkadi, la Voz de la Resistencia Vasca. Desde París era uno de sus más constantes redactores de artículos, proveedor de noticias, adalid  de la resolución vasca a seguir existiendo. En Venezuela, unos jóvenes, hacía años, instalaron por los lados de Caracas, en una antigua hacienda, La Virginia, dos torres emisoras de radio. Favoreció la idea y le dio empuje el grupo Egi Caracas, dirigido por Jokin Intza, exiliado de su Bergara natal, Xabier Leizaola, el diplomático, J.J. Azurza, el técnico, Alberto Elosegi, el periodista, Pello Irujo, el empresario, e Iñaki Anasagasti, el joven periodista. En principio nadie apostó por el éxito de una empresa que necesitaba financiación, organización, trabajo voluntario  y, lo que no era menos, mantener secreto de su localización y actividad. Pero funcionó. Durante años la dirección geográfica de Radio Euzkadi era la de una txalupa circulando por el Índico. Su quehacer contó con la colaboración del Gobierno de Venezuela, espantando las sospechas de la embajada franquista. La radio emitió programas durante 15 años, desde la América libre a la Euskadi ocupada, en un admirable ejercicio de gestión.

Manuel Irujo se desplazaba desde El Paraíso a la Avda. Libertador donde estaba el Edificio La Sierra, unos 9 kms. En uno de sus apartamentos operaba la oficina de grabación de los talos (así se llamaba a los casetes de grabación) de la radio, a leer su manifiesto. Los escribía en la noches de vela, cuidando el mal sueño de su hermano, y desplegaba su convición vasca, surcando con su voz rotunda y mensaje directo los espacios de las ondas, tratando de apaciguar los males nefandos de una Euskadi silenciada y castigada por su deseo de ser un pueblo libre. Me acercaba a recogerlo para trasladarlo de regreso a El Paraíso y me iba hablando de lo relatado en la emisión. No se quejaba de ninguna dolencia, ni lamentaba su falta de sueño, ni tan siquiera de la excepcionalidad de que a su edad tuviera tanto trabajo que realizar.

Cuando Juan Ignacio agonizó en sus brazos, Irujo, con los ojos inundados de lágrimas, se irguió sobre sí mismo exhibiendo su fe en la resurrección de los muertos, lo que hacía menos penosa la separación. Presidió los funerales a los que el Gobierno de Venezuela envió un representante para expresar su pesar. Juan Ignacio, como todos los vascos, nos dijo, había sido un ciudadano de valor para Venezuela. Trabajó, era ingeniero, en la construcción de la autopista que unía Caracas con La Guaira, obra de ingeniería moderna y rompedora. Dirigió la caravana que llevó el cuerpo de su hermano al Cementerio del Sur, al panteón de los vascos, junto al nicho de aita, Bingen Ametzaga, también muerto en ese año de 1969.

Continuó su cometido en Radio Euzkadi, leyendo su mensaje europeísta, confirmando su larga lucha a favor de la paz, delatando la corrupción de los dirigentes franquistas, lamentando el colapso de una Euskadi reducida al silencio. Cuando decidió regresar a la París otoñal, a su ocupación como asesor legal del Gobierno Vasco en el Exilio, fuimos con él al aeropuerto de Maiquitía, grande y novedoso como merecía el país petrolero. Permanecía sereno pero tenía el alma entristecida ya que era hombre de bienvenidas, no de despedidas. Me tomó de la mano y musitó con voz suave pero enérgica: Moceta, este es un país hermoso y pleno de oportunidades pero justo sería que tu hijo y los demás que vendrán puedan jugar en la Plaza de Santiago. Que desde el balcón de la [hoy recuperada] Casa Irujo vean ondear la Ikurriña, que hablen el lenguaje primordial de los vascos, que el sueño en que nos comprometimos el año de gracia de 1931 en Lizarra, cuyas puertas nos abrió el alcalde Fortunato Aguirre para la Asamblea de alcaldes presidida por el de Getxo, luego nuestro Lehendakari Agirre, quiso hacer realidad el viejo anhelo del Estatuto Vasco-Navarro. No pudo ser entonces, podrá serlo en el futuro. Hay que mantener la esperanza.



Comentarios

  • Artículo deArantza Amezaga

    Excelente recordatorio de Manuel Irujo en su paso por Caracas. Me hizo recordar el piso en El Paraíso pues Juan Ignacio Irujo era viudo de otra navarra, María Jesús Amorena, quien era mi madrina de bautizo. Gracias por recordar la petite histoire de la diáspora. Beatriz de Elguezabal Aristizabal

    Beatriz de Elguezabal (Caracas, Venezuela), 13/11/2021 16:04

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Arantzazu Ametzaga

Arantzazu Ametzaga

Arantzazu Ametzaga Iribarren es bibliotecaria y escritora. Escribe desde Errikotxiki, en el Valle de Egues, en Navarra

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