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Las aventuras gastronómicas de Iparraguirre, autor del 'Gernikako arbola', en Uruguay (en El Correo)

24/08/2021

José María de Iparraguirre se convirtió en uno de los primeros hosteleros vascos en Montevideo al abrir allí en 1861 el café Gernikako Arbola

Enlace: El Correo

Ana Vega Pérez de Arlucea. El 11 de marzo de 1880 los lectores del periódico 'El Anunciador Vitoriano' se toparon en su portada con una oferta difícil de rechazar. «Por encargo de la República Oriental del Uruguay se hace saber a quienes deseen emigrar a dicho estado que a su llegada al puerto de Montevideo encontrarán para sí y sus familias alojamiento y manutención gratuitos durante los primeros días después de su arribo, así como pasaje gratis hasta las colonias agrícolas donde tendrán fácil colocación como trabajadores o podrán comprar terrenos a precios muy bajos». El señor Quiroga, cónsul de Uruguay en Vitoria, anunciaba además que el consulado charrúa subvencionaría el viaje en barco a quienes quisieran emigrar. ¡Un chollo!

Sin duda para algunos aquel anuncio fue la oportunidad de su vida, una puerta abierta a un futuro prometedor. Para el gobierno uruguayo también era una ganga, ya que los vascos eran buenos trabajadores, católicos e hispanohablantes. Ése era el tipo de inmigración que les interesaba para repoblar el interior del país, donde las ovejas iban ganando poco a poco terreno a la selva. Sin embargo no era oro todo lo que relucía: la mayoría de las veces el chollo resultaba no ser tan chollo y eran pocos quienes volvían al baserri convertidos en ricos indianos. El sueño uruguayo –igual que el argentino, el chileno o el cubano– podía convertirse en pesadilla si no se tenían los mimbres necesarios para trabajar como un mulo.

Eso es precisamente lo que le pasó a José María de Iparraguirre (1820-1881), el bardo de Urretxu, durante las dos décadas que pasó en tierras rioplatenses. Más interesado en cantar que en ganarse el jornal, su paso por Uruguay fue un cúmulo de catastróficas desdichas que a él le importaron un comino pero que llevaron a su mujer por el camino de la amargura. Bohemio e inquieto, a los 38 años Iparraguirre ya acumulaba experiencias como para llenar varias novelas: soldado carlista, exiliado político, músico errante, poeta revolucionario, desterrado forzoso… Había pasado por Francia, Suiza, Italia, Alemania, Inglaterra, Portugal y gran parte de España, así que no es de extrañar que en 1858, siendo tan famoso como pobre, decidiera emprender un nuevo capítulo vital.

El vate vaguete

En la travesía hacia América le acompañaron su guitarra y María Ángela Querejeta (1838-1920), una joven sirvienta de Alegia de quien se había enamorado. Casados en Buenos Aires, enseguida se marcharon a Uruguay, donde un primo del bardo le había ofrecido trabajo criando ovejas. Tres años vivieron en medio de las llanuras, en una choza bautizada como Puesto del Trovador. La ineptitud de Iparraguirre para el pastoreo y su permanente galbana –fue siempre más cigarra que hormiga– llevaron el proyecto ganadero al fracaso, de modo que la pareja fue a Montevideo en busca de nuevas oportunidades.

Según contó Ángela Querejeta en una entrevista concedida en 1898 a la revista 'La Vasconia', en la capital uruguaya un admirador del músico le prestó dinero para montar un café. Efectivamente en los archivos montevideanos consta que el 14 de agosto de 1861 se concedió permiso a un José M. Iparraguirre para abrir un establecimiento cafetero en la avenida 18 de Julio, junto a la céntrica Plaza Cagancha.

Aquí no paga nadie

En palabras de su viuda «lo primero que hizo Jose Mari fue pintar en las paredes, adentro y afuera, el roble de Guernica; por todas partes no se veía más que el árbol y en la fachada puso un gran letrero que decía Café de Guernicaco Arbola». Ayudado por su mujer el compositor daba allí de comer y de beber, pero «allí no pagaba más que el que quería pagar, y los pocos que querían tampoco pagaban porque Jose Mari no les quería cobrar». Tan ruinoso fue el negocio que tuvieron que volver al campo y a las ovejas hasta que en 1877 una suscripción colectiva consiguió el dinero para que el bardo ganorabako viajara a Euskadi.

En Uruguay dejó esposa, ocho hijos y una activa comunidad que en 1876 había fundado el primer centro vasco del mundo (la Sociedad Protectora de la Inmigración Vascongada Laurac Bat). En Montevideo se popularizarían luego nuestros sabores gracias al Restaurant del Vasco, el restaurante Bilbao, el Hotel Uriarte o el bar Lujambio («el preferido de los baskos»), pero al autor del Gernikako Arbola siempre le quedará el honor de haber sido el primer hostelero vasco del Uruguay.



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