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Desde Argentina: "El Cura Vasco eligió vivir con los pobres y predicar con el ejemploi". In Memoriam. (en About Basque Country)

29/05/2016

Hay veces, la verdad es que por suerte muchas, en que nos encontramos con vidas que hacen sentir que la esperanza en un mundo mejor, tiene sentido. Vidas de personajes extraordinarios, pero que viven en la más absoluta humildad y normalidad, que dedican su vida a la defensa de los derechos y la dignidad de los más débiles.

Enlace: AboutBasqueCountry.eus

About Basque Country. Hoy en nuestra búsqueda diaria nos hemos encontrado en la web de Prensared realizada por el CISPREN (Círculo Sindical de la Prensa y la Comunicación de Córdoba) con un repaso a la vida de compromiso y entrega de Justo Hilario Irazábal, el “Cura Vasco” en la ciudad argentina de Córdoba.

Leer la vida de este hombre extraordinario su esfuerzo y su sacrificio en su compromiso con los más pobres, en su entrega a la Iglesia de Jesús de Nazaret, no puede dejar a nadie impasible. Merece la pena dedicar unos minutos para saber qué hacen los hombres buenos en cualquier lugar del mundo para evitar que el Mal triunfe.

Porque, como sentenció Edmund Burke. “Lo único que necesita el mal para triunfar es que los hombres buenos no hagan nada” . Y está claro que Justo Hilario Irazábal, “el Cura Vasco” no estaba dispuesto a que su  inacción ayudara al triunfo del Mal.

Una curiosidad, este hombre,  Justo Hilario Irazábal, el “Cura Vasco“, porque él eligió que le llamaran así, nació el 26 de mayo de 1927, en Pehuajó, provincia de Buenos Aires. Sus padres eran argentinos descendientes de vascos, lo que significa que él era un vasco de tercera generación. Así que junto a su compromiso con los más pobres, nos emociona su compromiso y su vinculación con la tierra de sus mayores.

Falleció en 2012. Pero leyendo esta referencia en la web de  CISPREN, está claro que está muy presente en la memoria de muchos ciudadanos de Córdoba.

Prensared -27/5/2016 – Argentina

El Cura Vasco eligió vivir con los pobres  y predicar con el ejemplo

27 de mayo, 2016

Justo Hilario Irazábal, conocido como “el cura vasco”  hubiera cumplido ayer 89 años. La zona Sur recuerda el  trabajo llevado adelante desde que muy joven decidió formar parte de “la Opción por los pobres”.  Prensared ofrece esta semblanza  leída el día de su muerte en 2012.

Por Luis Miguel “Vitín” Baronetto*

Justo Hilario Irazábal nació el 26 de mayo de 1927, en Pehuajó, provincia de Buenos Aires. Sus padres, argentinos descendientes de vascos, criaron a varios hijos con lo que producían en aquella zona rural cercana al poblado. Justo Hilario Irazábal probablemente hubiese sido un médico destacado, porque la pasión por cuidar la salud de la gente perduró hasta el final de sus días.

Pero a Justo Hilario Irazábal lo conoció muy poca gente. En su infancia y juventud, los compañeros de escuela y del Centro de Formación política que el partido comunista tenían instalado entonces en aquella ciudad bonaerense.

También en la pensión del Barrio Clínicas, en Córdoba, donde se radicó para estudiar medicina después de hacer el servicio militar en Neuquén.  Justo Hilario, fue también para las novias de su juventud, al menos hasta que aparecería seguramente el infaltable apodo de la intimidad.

Justo Hilario Irazábal fue el joven estudiante universitario, que un día, a principios de la década del 50, se encontró en la Capilla Cristo Obrero, a orillas de La Cañada, con el Padre Angelelli. Allí Justo Hilario Irazábal también comenzó a ser el “Vasco”. Y unos años después decidió abandonar el quinto año de medicina, cortar la relación con su prometida e ingresar al Seminario Mayor de Córdoba.

Nosotros, a Justo Hilario Irazábal lo conocimos mucho tiempo después. Antes fue el Padre Vasco. Cuando lo conocimos  – en 1969 – ya quería ser solamente el  Vasco, el último en todo; dormía en la pieza donde hacía más frío y se encargaba de hacer y servir la comida para los seminaristas que vivíamos en aquella casilla de madera de barrio Comercial.

El domingo 8 de enero de 2012, en la Capilla de Barrio Comercial, donde el Vasco fue cura durante dieciséis años, lo despedimos. Le dimos el último adiós, pensando que desde la tarde anterior  ya se había quedado para siempre entre nosotros. La noche de la muerte se abrió en el amanecer de Su Pascua. Y allí empezamos a rememorar.

Pobre entre los pobres

A poco de ser sacerdote, en 1963, lo mandaron como ayudante a la Parroquia de Barrio Las Flores, que abarcaba hasta lo más olvidado del sur de la ciudad. Descubrió a Barrio Comercial y con un grupo de seminaristas, terminó instalándose allí. Construyeron una casa, con maderas para embalaje de motores de la fábrica Ika-Renault  y chapas de zinc, a la par de la capilla.

Vivir del propio trabajo fue una opción desde el inicio. Primero trabajando en las quintas de la zona, en la recolección de verduras. Después, con los seminaristas, en la impresión de apuntes para la Universidad, con el mimeógrafo; que también se utilizaría para tantas convocatorias al vecindario en las luchas que jalonaron las conquistas de mejor atención de la salud, mejor educación, alfabetización, servicio de transporte, luz, agua y otras carencias que motivaron las grandes movilizaciones vecinales de fines de los sesenta y principios de los setenta en la zona sur de la ciudad.

Después trabajó, hasta que pudo jubilarse, como obrero en un taller de reparación de máquinas de tejer. Sin alardes, huyendo de los medios, la mayor parte de su vida fue no sólo compartir la vida con los pobres, sino vivir pobremente. De la casa al trabajo, a primera hora, cuando la luz del día aún no asomaba. Luego, del trabajo al barrio. Y allí sumergirse en las demandas de comida, de salud, de bautismos, de catequesis, de grupos bíblicos y tantas otras surgidas de la necesidad en el día a día de la vida de los pobres. Su opción por los pobres fue una obsesión que mantuvo hasta el final de sus días, con celo excesivo.

Aun así, se me grabó una de sus enseñanzas, cuando el furor era ‘hacerse pobre con los pobres’; y esto se contagiaba entusiasmando a muchos y muchas: “Nosotros nunca vamos a ser pobres; yo nunca voy a ser pobre en serio, porque cuando esté tirado, en la máxima necesidad, alguien vendrá. Y como soy cura, seguro que me atenderán bien. A los pobres en serio los atienden mal en todos lados.”

En tiempos de dictadura

Sufrió mucho cuando la represión del terrorismo de estado hizo estragos entre quienes compartíamos tantas luchas en Barrio Comercial, Villa El Libertador, Mirizzi y la zona sur de la ciudad de Córdoba. Se llevaron a muchos y muchas de su alrededor.

A Ángel Baudracco, Héctor Oberlin, Cristina Galindez de Rossi, Jorge Ontiveros, Susana Avendaño. Algunos ya estábamos en la cárcel y otros se tuvieron que exiliar, adentro o fuera del país. Aunque sufrió allanamientos y amenazas, no lo tocaron. Y ese fue su mayor sufrimiento. También para castigarlo con el terror cotidiano, que inundaba de miedos a las mayorías inmovilizadas.

“Siempre tuve mucho miedo; soy muy cagón…”, me confesó cuando nos reencontramos después de los años de prisión. Pero este “cagón” confeso, me escribió mientras yo estaba en la cárcel de La Plata: “La situación aquí es sumamente difícil y el hambre golpea a la puerta de los hogares, la deserción escolar y el miedo son alarmantes. Yo atiendo más gente por falta de trabajo que por otra cosa con el agravante de que no puedo hacer nada porque en el taller donde trabajo las cosas andan muy mal y así en todos los hogares…Me parece que esto es sumamente grave; en mis 54 años no recuerdo una situación parecida: la desocupación, no hay donde trabajar…”

La firmeza de sus convicciones y la contundencia de sus palabras eran capaces de vencer miedos y ‘cagoneadas’. Y hacer denuncias como estas que debían sortear la censura carcelaria de la dictadura.

Ojalá las jerarquías menos miedosas y más seguras hubieran dicho lo que había que decir… “Hace falta una posición eclesial firme, fuerte, valiente y desafiante, que diga las cosas con claridad y no con ‘prudencia’ porque eso es mortal” – escribió entonces el Vasco – “Cada vez creo más que el Evangelio hay que llevarlo hasta sus últimas consecuencias y esto exige valor, sinceridad, honestidad y tener las cosas bien puestas. Jesucristo no es una imagen, es un Dios-Hombre vivo que vive en nosotros y nos exige: “tuve hambre y me diste de comer”. ¡Un drama vergonzoso el del hambre en el mundo y en nuestra Argentina! No puede ser, no debe ser y no debe permitirse a cualquier precio.”

Y tuvo todo eso – “valor, sinceridad, honestidad y las cosas bien puestas” – cuando el 14 de octubre de 1976 fue a celebrar misa en la casa de mi suegra, donde velaron a Marta González, que había sido sacada de la cárcel y fusilada tres días antes, en el auge del mayor delirio represivo del terrorismo de estado. No cualquiera lo hacía. ¡Sólo los “cagones”!

Pero aquel gran sufrimiento de la dictadura lo alteró. Y como era hombre entero – no súper hombre -,  pidió ayuda y tratamiento. Un amigo entrañable como Víctor lo cobijó…hasta que un día de 1987 despertó y dijo: “¿Qué hago aquí? ¡Mi lugar es con los pobres! Y encontró la Villa que buscaba a orillas del Canal Sur. Volvió a ser él mismo.

“Estos son mis años más felices”, dijo una vez. Y bautizó el lugar Villa Obispo Angelelli. Su maestro y amigo; nuestro mártir.

“Vengan y coman…”

Cuando una de las tantas crisis, en 1989, golpeó ferozmente a los más pobres, en Villa Obispo Angelelli, el Vasco inició la olla comunitaria. Y lo que pensó como salida de emergencia se transformó en la principal actividad convocante a la participación de aquellos villeros. Las mujeres fueron las primeras.

No podían seguir dándole té de yuyos sin azúcar a sus bebés, porque hasta la leche materna se les había acabado. 20 años convivió a orillas del Canal en aquella Villa. Fueron sus años más exigentes.

No podía darse el lujo ni de indignarse ante la miseria. Tenía que brindar soluciones. Se lo reclamaban los villeros desde el amanecer hasta la medianoche. Ellos sabían que no se irían a su casa sin una bolsita de azúcar, o de yerba, o de fideos. O algunos pesos para comprar remedios, si en sus estantes no los encontraba.

El Vasco, que siempre se confesó tímido, que nunca se animó a pedir nada, que siempre prefirió pasar desapercibido en el último lugar, de pronto se transformó en el Cura Vasco. Las necesidades de los pobres lo transformaron en su mendigo. Fue el mendigo de los pobres.

Y pudimos verlo en su andar cansino, con su infaltable boina negra, por las calles de la ciudad, recorriendo conventos de monjas para pedir ayudas a la comida de sus pobres. “Me volví caradura”, confesó alguna vez. Y como “Cura Vasco” se le abrieron puertas hasta en despachos oficiales y medios de prensa, que supo aprovechar en beneficio de sus pobres.

No faltaron los puros de la clerecía que criticaron sus relaciones con políticos, ya sea por ser “funcional” a gobernantes de turno o peor aún por no ocultar sus vínculos con gobiernos del conservadurismo neoliberal sospechados de corrupción. Lo criticaron desde adentro, sus pares, como le pasó en su tiempo al Cura Brochero.

Y también algunos que seguían haciendo la revolución en los cafés o desde el púlpito. “No tenemos autoridad moral para cuestionar los ‘pecados’ del Vasco” – le respondí a uno de aquellos críticos – “Ni vos, ni yo tenemos todos los días, a la mañana y a la noche, en la puerta de la casa a los 700 pobres que te piden comida. ¡El Vasco, si!”. Sus platos de lentejas fueron comida para sus pobres!

Pero también fue apuntado malamente por los conservadores de ese catolicismo anquilosado, porque apoyó el matrimonio igualitario, defendió los derechos de la mujer y acompañó sus movilizaciones frente al Arzobispado en defensa de la educación sexual y los métodos preventivos.

Metido literalmente en el barro de las orillas del Canal de la Villa Obispo Angelelli, el Vasco vivió su opción. Con sus tozudeces, con sus enojos, con ese rostro endurecido por la impotencia ante una justa indignación, que descargaba en puteadas. Pero también con la sonrisa de la amistad, de la charla amena y del vino compartido.

Con la satisfacción, en definitiva, de ver tantas penurias y esfuerzos transformados en olla comunitaria, en panadería, en consultorios médicos, en guardería, en talleres de capacitación laboral, en huertas comunitarias y en tantas otras iniciativas que otros y otras pudieron concretar porque el Vasco abrió las puertas a la participación.

De carne y hueso

Nunca sabremos – al menos sus contemporáneos – si el Cura Vasco o el Padre Justo Hilario Irazábal, alguna vez llegará al altar de los santos. Pasarán muchos años, quizás muchos más que los que está necesitando el Cura Brochero, para que ello suceda. Porque estos testigos no tienen los medios y contactos de los Escrivá de Balaguer o de Juan Pablo II, para acortar los trámites.

Pero es probable que dejándolo así, con sus cenizas en algún lugar ignoto del mundo, pueda continuar siendo él mismo. Enseñando con el propio testimonio, que más que santos lo que necesitan los pobres son personas de carne y hueso, generosas, capaces de no guardarse nada, de saberse limitados, con vicios y defectos; pero dispuestos a consagrar la vida entera – no sólo en los años del entusiasmo juvenil – hasta gastar las últimas energías, a trabajar para calmar el hambre de hoy y en ese camino revolucionar las sociedades injustas del capitalismo – tantas veces denunciado por el Vasco -, aceptando, compartiendo y acompañando el grito y la marcha de los pobres.

En la carta que a modo de testamento el 23 de octubre de 2007 nos dejó a varios para asegurar su voluntad, escribió el mensaje que debería quedar grabado en cada corazón sincero y generoso, como el suyo: “He trabajado con amor por los pobres, no se olviden nunca de ellos.”

*Escrito y leído en Enero de 2012 (Inédito)



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